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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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10 Junio 2018 04:00:00
Los pilares del dominio global
Ha quedado demostrado, en los hechos, que mientras que las relaciones internacionales se rijan –como ocurre hoy en día– con un sentido preponderantemente económico y sean dirigidas por el núcleo de países, instituciones y empresas con más solvencia financiera, los beneficios serán para los integrantes de ese núcleo, en tanto que el resto del mundo recibirá la transferencia de las pérdidas y las repercusiones de sus consecuencias negativas de toda índole.

Hay tres instituciones fundamentales para asegurar ese “status quo”: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio.

Al primero, desde su creación en 1944, le fue asignada la tarea de asegurar la estabilidad económica, habida cuenta, se dijo, de que con frecuencia los mercados no funcionan bien y pueden producir desempleo masivo, tanto como fallar en la provisión de fondos para restaurar las economías de los países.

Mientras que su estructura y reglas de funcionamiento –muy complejas, por cierto– perduran, su filosofía original ha cambiado para poner hoy el propósito de su existencia para –con fervor ideológico, dice Stiglitz– asegurar la supremacía del mercado.

Ya no es su guía la misión de presionar a los países hacia políticas de crecimiento económico –a la manera recomendada por Keynes– basadas en el incremento de gastos, reducción de impuestos o baja en las tasas de interés para estimular a las economías.

En cambio, provee fondos solamente a los países que reducen su déficit fiscal, incrementan los impuestos o presionan al alza las tasas de interés, conduciendo a la contracción económica.

El Banco Mundial, por su parte, es una institución específicamente constituida para apoyar financieramente los procesos de rehabilitación económica de la Europa de la posguerra y tiene hoy la misión central de combatir la pobreza.

En la misma época en que el Fondo mudó su filosofía –la década de 1980, con Reagan y Thatcher a la cabeza del proyecto– el Banco dejó de ser una institución primordialmente dedicada al financiamiento de proyectos de infraestructura para el desarrollo (tales como carreteras y presas), para ir más allá, incursionando en el área de los llamados ajustes estructurales en la economía de los países, por la vía de préstamos para ese fin, los que no se conceden, desde entonces, sino con la previa aprobación del Fondo, que sólo la otorga si sus condiciones son aceptadas por los países requirentes de los préstamos.

Se supone que ambas instituciones debieran ofrecer alternativas para la solución de los particulares retos que cada país enfrenta en el horizonte de su desarrollo y en la vía de fortalecer su democracia, pero en realidad, al ser dirigidos y controlados por la voluntad colectiva de los países miembros del llamado grupo de los siete (el G-7, compuesto por las naciones con mayor poderío económico en el mundo), la regla es que la preocupación central de ellos estribe en su propio beneficio económico y el debate democrático sobre estrategias alternativas se convierta en mera entelequia.

Una tercera institución económica internacional ha sido sumada más recientemente al complejo del tratado de Bretton Woods: la Organización Mundial de Comercio, sucesora del GATT, cuyo fin estriba en conducir las relaciones comerciales internacionales, de una manera similar –y se diría que complementaria– a la que realiza el Fondo respecto de las financieras. En su base está impulsar el flujo libre de bienes y servicios, requisito indispensable para instaurar a cabalidad un sistema global de economía de mercado libre.

A diferencia de las otras dos instituciones, la OMC no es un organismo que emita reglas por sí mismo, sino que configura un foro de discusión y negociación comerciales, así como un instrumento para asegurarse de la efectividad de los acuerdos concertados en su seno.

A pesar de su carácter aparentemente económico, los efectos de su operación trascienden ese campo. Por eso importa, mucho, tener en cuenta esta circunstancia en la definición de posiciones políticas en todo ámbito y nivel.
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