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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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22 Mayo 2016 03:10:56
Los puercos de la difusora
Yo escogí seis bejucos nuevos, verdes… Chibirico los prefiere secos, zumbadores… el Chéchere los agarró al fregadazo, los primeros que se encontró.

Bejuquear puercos requiere de condición, de valentía y de suerte.

“No tiembles Negrito… pinches puercos te la van a pelar”.

Checherengüe lanza bejucazos a los mosquitos culoeperro que le acosan en el monte aquel.

Vamos a incursionar en el patio grande, el de la difusora, en donde una solitaria y elevadísima antena de radio domina un panorama desolado.

Dicen que allí te puede caer un rayo… que por eso nadie se mete.

O que los puercos de María la cubana te atacan, porque se han vuelto casi salvajes y andan por el enorme patio como dueños del panorama y del horizonte.

Así que nos vamos a meter, vamos a bajar chalahuites del árbol, y si los cochinos se nos lanzan, entonces respondemos a bejucazo limpio… que hacerlos correr.

Porque afuera hay muchos árboles de chalahuite, pero esos de la difusora tienen algo especial, son más sabrosos y la semilla hervida con sal, es la gloria del paladar.

Aparte la adrenalina del reto marranezco… ¡Ah qué divertido cuando el puerco sale corriendo y chillando!

Pero eso hacen los puercos de patio, de chiquero, pero a estos marranos libres nunca los hemos enfrentado… solamente María viene a darles de comer y cuando ha de matar a uno, le echa pretil al pescuezo y se lo lleva mientras se quita de encima a los otros a punta de garrote.

Cuatro y media de la tarde, el sol amaina un poco y podemos caminar por entre la sombra de los mangos…

escogemos cada quien al grupo de cuinos que atacará.

Yo escojo a la puerca negra, prieta, que se junta con otras cuatro cochas, una pintuzca, otra cafecita y la blanca de hocico rosa.

Si los libro, llego a dos palos de chalahuite… me trepo y corto los que pueda, los meto en la bolsa y listo.

Chibirico se va sobre el montón de puercos prietos y Chéchere va con el toro… un puercote de tamaño que no es imposible montarlo…A las tres… a las dos… ¡Al ataque mis valientes!

Voy encarrerado y grito como desaforado… mi campanilla juega a elaborar sonidos capaces de asustar a un ratón, pero a un marrano hecho y derecho, no.

Me detengo… ¿qué se hace si los puercos no se asustan?…Iba a preguntar, pero vi a Chibirico correr con el terror dibujado en el rostro mientras grita…

“¡Aaaaaaaay mamacita liiiiinda!”A él sí le respondió el marrano y se le fue encima, con otros tres detrás suyo… es que el muy animal de mi amigo les aventó tres tochones que llevaba escondidos, para distraerlos, y los marranos creen que trae comida, por eso lo siguen.

Y Chéchere le da la vuelta al toro, corre y el puerco apenas le presta atención… el que sí lo toma en cuenta es un cochinillo prieto, que viene adelante de Chibirico… que corre igual que Chibirico, pensando que lo quieren fregar entre todos.

La puerca persigue a Chibirico… Chibirico sin querer persigue al puerco y el puerco… ¡Ah, el puerco!…

como dotado de un radar, va directo contra la entrepierna del Chéchere.“¡Mis huevos… mis huevos!

”Se revuelve, se retuerce y cae al suelo… por suerte los marranos le ignoran.Chibirico es una centella que se brinca la alambrada como una gacela…

¡Bendito miedo!

Yo, congelado, ni siquiera molesto a mis puercos, que siguen rascando en la tierra en busca de gusanos o quelites…Me retiro como si nunca hubiera entrado.

No he perseguido a un puerco, pero llevo mis pelotas indemnes… Chibirico regresa sofocado, agarrándose el pecho…“¡Pinche puerco… me enseñó unos dientotes de este vuelo!”Chéchere regresa retorcito, agarrándose los genitales, pujando…

“Me deshuevó el jidepú”.

No habrá chalahuites de la difusora… habrá una historia de tres descamisados, tres negrillos que entraron a pelear gallardamente con la piara de cochinos que les atacaron, pero los cambujos les propinaron una auténtica bejuquiza… y aunque salieron medio heridos, al final se impusieron.

No hay marrano que nos gane, ni de a uno, ni en bola.

Si quieres ir a la difusora, pídele ayuda al Negrito, a Chibirico o al Chéchere, y si tienen tiempo y disposición (que nunca la tendrán) quizá vayan contigo.

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