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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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26 Enero 2014 05:00:36
Los que rompieron su lazo con Dios
Saltillo experimenta una suerte de sacudida por esa bomba incendiaria que lanzó hace ya ocho días el obispo de la Diócesis, Raúl Vera López, sobre pederastia. Dijo que conoce dos casos y que los infractores fueron separados mientras sus expedientes de analizan en El Vaticano.

A los dos de Vera López se sumaron otros dos, y luego otros cuatro y la bola de nieve empezó a crecer. Que son varios, tal vez muchos, especialmente por tratarse de personas que hicieron votos de castidad y que además, administran con sus muy terrenales manos, la fe de un pueblo. Abusan, por supuesto, de su posición y de la ignorancia e ingenuidad de quienes aún les conceden cierto grado de intermediación nada menos que con Dios.

Se sumaron otras denuncias, como las de la asociación de Jóvenes Prevenidos que alertó sobre cinco sacerdotes pederastas “detectados desde hace 10 años”; la del responsable de la Pastoral Penitenciaria, el padre Robert Coogan, sobre los sacerdotes que acudían a la Alameda Zaragoza para relacionarse con jovencitos, eso sí, no menores de edad y entonces no se trataba de pederastia, sino de “un comportamiento no correcto para un sacerdote”.

Y qué decir del trabajo de la activista Aída Badillo que sabe de al menos 60 casos en los que adolescentes que fueron víctimas de abuso sexual en los últimos 20 años y en los que los victimarios eran sacerdotes de la Iglesia católica. Sí, una verdadera bomba incendiaria la que lanzó el domingo pasado el obispo Vera y que estalló en el corazón mismo de la Jerarquía Eclesiástica saltillense.

La activista da cuenta de testimonios de víctimas que nunca denunciaron al cura violador ya que éste aseguraba su silencio con coca colas, regalos y el más nefasto de todos los artilugios, la abyecta manipulación del “Dios sí te quiere”.

Para el Papa Francisco los escándalos de pederastia cometidos por sacerdotes católicos representan “la vergüenza de la Iglesia”, y explica que los infractores “no tenían un lazo con Dios; tenían una posición en la Iglesia, una posición de poder, también de comodidad”.

Entonces tenemos una Iglesia en manos de personas que rompieron su lazo con Dios. Saltillo no podía escapar a lo que resulta una práctica enferma e ilegal que pudre una estructura que se niega a cambiar y que ante la evidencia de los excesos y delitos, recurre al encubrimiento y la simulación.

Y no se trata de exagerar, basta con revisar los datos disponibles para dar cuenta de un fenómeno por desgracia muy extendido. El Papa emérito, Benedicto XVI destituyó a 400 sacerdotes entre 2011 y 2012 por abusar de niños, según informes del propio Vaticano; en los últimos 10 años más de 4 mil expedientes de casos de abuso sexual a menores por parte de clérigos han llegado a la Congregación para la Doctrina de la Fe, según reconoce el propio cardenal William
Levada y eso sin contar el episodio de los Legionarios de Cristo y su cuestionado fundador, Marcial Maciel Degollado.

La Jerarquía del clero católico busca salidas mientras las autoridades empiezan a dar pasos, a integrar pesquisas y la sociedad levanta una voz de indignación que clama justicia. Los más interesados por limpiar la estructura y realizar los cambios que sean necesarios para revertir una tendencia cada vez más generalizada (en cuanto se hace pública) serían el propio Vaticano y en su proporción, la Diócesis.

No hay otra opción, no hay otro camino: los curas violadores deben terminar en prisión, y mientras la Jerarquía se aferre a la simulación y las denuncias continúen sin aterrizar en nombres y apellidos, es válido y hasta prudente el ver con sospecha y recelo cada una de las sotanas que caminan por esta tierra.
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