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Arturo Guerra LC
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13 Noviembre 2016 04:00:00
Los vecinos de Senderos
Hacía muchos años que no se veían. La vida se había encargado de ello. Sergio y Miguel habían sido vecinos de la calle Senderos y jugaron juntos muchas veces en la misma manzana y en los mismos árboles. Luego Sergio se había ido a vivir a otra zona de la ciudad y de vez en cuando se visitaban. Los años pasaron y Miguel partió al extranjero.

Un buen día Miguel volvió al país y buscó a Sergio por correo electrónico. Quedó en visitarle. Para entonces Sergio estaba casado y tenía tres hijos. Miguel batalló para dar con la casa, así que le llamó por teléfono. Sergio le preguntó que dónde estaba exactamente y le dio más señas para que al menos se acercara a la entrada del fraccionamiento. Mientras tanto envió a uno de sus hijos, el de 9 años, para que a la entrada del fraccionamiento estuviera atento a la llegada del huésped de su papá y lo guiara los últimos metros hasta la casa. Por fin Miguel dio con aquella entrada y al ver a aquel niño supuso que se trataba del hijo del guardia encargado de la garita. Aquel niño se presentó:

–Hola, soy hijo de Sergio, sígame que le llevaré a casa, es aquí cerquita.

Miguel se alegró entonces de saludarlo y, aunque era de noche, alcanzó a distinguir en aquel niño rasgos de su viejo amigo. El niño caminó los últimos metros y el coche despacito lo seguía.

Y es que para Miguel, ver a aquel niño era casi ver al Sergio que había conocido hace tantos años. Los gestos de aquel niño, su sonrisa y su manera de hablar coincidían casi matemáticamente con sus recuerdos de Sergio de cuando jugaban juntos en la misma calle y en los mismos árboles. Y ahora la vida se encargaba de que se vieran de nuevo.

Llegó Miguel, le dio un abrazo a su viejo amigo, saludó a la esposa y a los otros dos hijos. Conforme pasaban los minutos, Miguel iba descubriendo lo mucho que los tres hijos se parecían a su papá.

Algo así sucede entre Dios y los hombres. En realidad todos somos hermanos pues salimos de un mismo Padre. Hechos a imagen y semejanza de nuestro buen Dios, los seres humanos, si nos lo proponemos, nos descubrimos hermanos. Por eso la Sagrada Escritura es tan clara cuando dice que “si amas a Dios y no amas al prójimo eres un mentiroso”, porque ¿cómo no puedes amar a los hijos de ese Padre que amas?, ¿cómo no puedes descubrir en los gestos y las sonrisas de cada prójimo algún rasgo de ese Padre que tanto quieres?

Y es que el punto es que si quieres a alguien, automáticamente querrás a sus hijos.

Es cierto que luego hay mucha casuística en los tipos de hijos del buen Dios: unos te pueden caer bien, otros pueden parecerte insoportables, unos te pueden tratar bien, otros no tanto, a unos parece sonreírles la vida, otros pasan por algún momento de dolor terrible… Pero el caso es que si conoces bien y quieres al Papá de todos ellos, en algunos de sus gestos, de sus miradas, de sus sonrisas o incluso de sus quejas salidas de lo más profundo de sus corazones, descubrirás de repente ciertos rasgos de su Papá, que a la sazón es tu Papá.

Algunas personas piensan que la fe es una cosa muy complicada porque –dicen– tienes que estudiar mucho, entender muchas cosas, hilar muchas verdades, aplicar miles de principios y evitar cientos de prohibiciones.

En realidad, esa visión de la fe es una caricatura de la fe. La fe es algo más sencillo: es el don de descubrir quién es tu Papá para quererlo cada día más y darte a la tarea de conocer y amar a sus hijos, tus hermanos. Y ya. No hay más. Eso es el núcleo de la fe. Es a lo que se han dedicado tantos santos de la historia: a través de la oración iban descubriendo el rostro de Dios y luego en su vida ordinaria trataban de ponerse al servicio de los demás viendo en ellos el rostro de Dios. Así de fácil. Y así de global y comprometedora es la fe. Pidamos este don y vivámoslo.
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