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Dalia Reyes
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26 Junio 2018 04:00:00
Ludovico
Mis enfrentamientos con quienes se inclinan por el cine y la literatura de la guerra son constantes. Ellos argumentan que la exposición a los hechos tan crudos de la Segunda Guerra Mundial, en particular, enseñará a la humanidad a no repetirlos; yo me limito a mostrar las fotografías de los niños enjaulados de Trump para sostener lo contrario.

En 1971 se filmó una de las películas parteaguas del cine social. Stanley Kubrik dirigió “La naranja mecánica”, cuyo clímax pone a reflexión cierto método psiquiátrico para tratar a las personas patológicamente violentas. El método Ludovico fue una terapia de aversión, consistente en exponer al enfermo –generalmente delincuente- a situaciones crudísimas, similares a las que ellos cometían en contra de sus víctimas.

El protagonista es obligado a mirar escenas de violación, golpes y asesinatos, sin la posibilidad de voltear la cabeza a otro lado o cerrar los ojos, pues le colocan alfileres en los párpados.

El resultado, aparentemente exitoso, fue la incapacidad posterior del enfermo para defenderse; sin embargo, tras un intento de suicido, queda “curado” y vuelve a delinquir.

Lo mismo acontece con el supuesto empírico del aprendizaje social a partir del ejemplo. Las miles de novelas, los cientos de películas que abordan los horribles hechos ordenandos por Hitler no parecen tener más éxito que el económico. Si se pretendía erradicar la xenofobia, el odio racial y todos los excesos cometidos publicando a profundidad la infamia, no parecen haber tenido éxito en el largo plazo.

Las fotografías recientes diseminadas en las redes sociales prueban mi postura. Los niños enjaulados de Trump, alejados de sus padres por ser “extranjeros”, “migrantes” o “ajenos” a su cultura, tienen muy poca diferencia con los pequeños judíos separados de sus familias y hacinados el siglo pasado apenas.

No sé hasta dónde las protestas en redes sociales tengan fuerza para combatir esta injusticia, pero no parece haber ninguna voz firme y con la fuerza necesaria para impedirla, tal como sucedió durante la Segunda Guerra Mundial, la iglesia, por ejemplo, la intelectualidad y todos aquellos que han sufrido vejaciones históricas como pueblo y como cultura.

Yo no veo el beneficio de habernos regodeado tanto con la brutalidad bélica si al cabo cometemos y permitimos más o menos lo mismo.
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