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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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20 Febrero 2017 04:00:00
Lugar común: la muerte
Así como todos vamos a morir, también todos hemos de amar. Tarde o temprano cumplimos con ese destino, enamorarnos. Puede ser que el amor nos llegue a los 11 o 12 años, en plena adolescencia o pasados los turbulentos 20. Puede ser que nos llegue después de un primer divorcio o al despuntar la madurez. ¿Cuándo se llega por fin al “verdadero amor”? ¿Dónde radica “el amor de mi vida”’? ¿Amé con mayor intensidad en mi juventud o ahora que tengo más experiencia o cautela?

Empecé a escribir poesía a los 15 años, cuando tuve mi primer choque con el amor. En unas vacaciones de Semana Santa en Mazatlán conocí a una chica de Durango y sólo tres días de encuentros en la playa bastaron para sentir, cuando ella se marchó, que yo perdía algo o que me perdía por completo. Pero ella no fue la primera, antes pasaron por las fantasías de mis manos, Mónica, Cristina, Adriana. Mi corazón aún era de terciopelo y se gastaría con el lustre que le da los años a los casimires.

A esa edad no encontraba respuestas, creía ser el único que sufría la levedad de haber puesto mis ojos en esa o en aquella chica. Buscaba respuestas en mis libros de adolescencia hasta que encontré, primero en el Nocturno a Rosario de Manuel Acuña y luego en La amada inmóvil de Amado Nervo, el espejo en el cual podía reflejar mis frustraciones. Y me fui a buscar esa media naranja, el complemento que hablara de mí en silencio.

Dicen que los novios que se parecen se casan. Es porque nos hemos pasado la vida mirándonos al espejo y aún así nos desconocemos, somos nuestro gran misterio. Cuando nos enamoramos, ¿qué parte de nosotros vemos en ese otro que nos seduce? Al final, somos como Narciso, unos enamorados de nuestras propias carencias, de nuestras virtudes inventadas. Más que a nadie, nos amamos a nosotros mismos.

El puro romanticismo, el que arrastramos desde finales del siglo XVIII. El amor trágico idealizado, el destino como un trazo imborrable. Las eternas golondrinas de Bécquer. La fuente de la eterna juventud. La culminación del “yo” en el reflejo de mi iPhone.

Nadie muere dos veces de la misma muerte. ¿En cuántas ocasiones he querido acabar con mi yo adolescente, el que escribía irresponsables versos? Cuando tenía veintitantos años yo mismo pagué la edición de mi primer poemario. Fui a una imprenta y tiré 500 ejemplares. Libro en mano, hasta ese momento me sentí poeta. Lo regalé a diestra y siniestra. Libro con tantas erratas que ahora busco en librerías de viejo para quemarlo. Ya he echado al fuego más de 50.

Gustavo Adolfo Bécquer decía que la mejor poesía es aquella que no se escribe, yo agregaría que el amor más grande es el amor no consumado, aquel platónico deseo que se guarda en el universo de los hubiera. Hasta hace unos días, en una clase en Filosofía y Letras de la UNAM, supe que no son mis primeros versos los que he querido borrar –ejercicios de aprendizaje, a fin de cuentas, prueba y error de la metáfora–, sino mis primeros amores, mis más dolorosas derrotas, la memoria idealiza más que la realidad, mi juventud llena de versos que caían en el lugar común: amar hasta la muerte.

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