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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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10 Junio 2018 04:00:00
Madera de presidente
La historia del México post revolucionario no registra un número tan nutrido de aspirantes a la Presidencia de la República Mexicana como el año electoral 2018. México desea votar por un cambio. Y por el candidato ideal para ocupar la silla con el Águila de Oro.

Dice, entre líneas, la historia de los pueblos que un verdadero presidente es aquél que da más de lo que recibe. Alguien que en soledad paga el precio del liderazgo. En el desvelo que precede la claridad de la aurora ha conocido lo que ha de hacerse para el desarrollo pleno del país, por qué, para qué, y cómo debe hacerse.

El futuro Presidente de México deberá tener suficiente visión para ver más allá de su piel. Sabrá voltear hacia atrás, a los lados, y marcar el rumbo hacia adelante. Se atreverá a soñar despierto, y el fuego de su espíritu le permitirá tener la visión y osadía para confiar en que no solo su sueño es posible, sino que debe hacerse realidad.

A pesar de los zancadillas, falsos, golpes bajos, presiones, mala prensa, amenazas, no se quebrará. Mantendrá la estatura del roble que, entre más azotado por el viento, más firme en su propósito. Prometer mejorar la calidad de vida de todos los habitantes de la nación que presidirá no es suficiente. Los ciudadanos saben que se requiere un presidente recio, de convicciones, de ideales para romper el círculo vicioso.

miseria-ignorancia-dependencia-desesperación-violencia. Para ello el presidente debe estar dispuesto a pagar un tributo: Pensar más allá del brillo e interés propio, y estar dispuesto a luchar con el mismo entusiasmo por los intereses del ciudadano común, que por los asuntos internacionales.

Muchos dicen que eso es una utopía. Pero los pesimistas jamás han sido buenos presidentes. Buen presidente es aquél que renuncia a sus deseos personales, aunque legítimos, por una causa superior: El servicio a su país, que es una de las más excelsas formas de entrega. Él está capacitado para advertir que su país tiene infinidad de recursos pero le falta coraje para utilizarlos. También conoce la manera de echar a andar los talentos y habilidades de los que se han caído y piensan que solos no pueden caminar. Está consciente que cultivar el jardín de la Justicia Social en su país requiere de mucha agua... la mayor parte en forma de sudor de los servidores públicos.

Algunos presidentes han tenido muy buen barniz. ¿Pero cuántos han tenido la madera adecuada para presidir nuestra nación? La esperanza de millones de mexicanos está puesta en el cambio prometido de mejorar la calidad de vida y las condiciones de desarrollo de todos los habitantes del país.

Después de un análisis exhaustivo y sereno, con la realidad en la mano, el futuro Presidente de México deberá esbozar un plan de trabajo que le permita hacer vida el ideal de patria que lleva dentro. Sabrá escuchar a sus enemigos porque son los primeros en advertir sus errores. Será paciente porque está convencido que un pollo se obtiene empollando el huevo, no rompiendo el cascarón. Cuestionará sus propios juicios porque ha vivido lo suficiente para examinar por segunda vez y con cuidado lo que a primera vista no le dejaba duda.

La sabiduría no le vendrá por azar: La buscará con afán y la alimentará con diligencia. Optará siempre por la democracia porque sabe que la manera en que un presidente toma las riendas del destino de su patria es más determinante que el destino mismo.

Un buen Presidente utiliza un lenguaje ordinario para decir cosas extraordinarias: “Sí se puede, caray”. Nada es tan poderoso en este mundo como una idea expresada con claridad y sencillez en el momento oportuno. Se compromete a embestir como toro de Miura tanto la corrupción como el importamadrismo, dos de nuestros mayores lastres nacionales.

La valía de un buen presidente se mide por la cantidad de poder y adulación que puede soportar sin envanecerse. Sus afectos son puestos a prueba: Aquellos por los que lucha son los que menos lo comprenden. Es un ser solitario entre la multitud: Consecuencia del mismo liderazgo. El elevarse sobre los demás -la responsabilidad eleva- es separarse de ellos de alguna manera. Renuncia a sus deseos personales, aunque legítimos, por una causa superior: El servicio a su pueblo, que es una de las más excelsas formas de entrega.
México espera.

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