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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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11 Diciembre 2014 05:08:16
Más agresivo que el ébola…
Se dice, con razón, que para solucionar un problema, primero hay que reconocer que existe y luego analizar su naturaleza para encontrar la ruta más adecuada para eliminarlo. Lo que hoy sucede en México es, ciertamente, un problema grave que trastoca todos y cada uno de los ejes que nos explican como nación y que tiene su origen en la corrupción, que pareciera -sin ánimo de vulgarizar- una suerte de virus, más agresivo y contagioso que el ébola y que de alguna manera se amalgamó en el ADN de la clase política y gobernante desde hace muchas décadas.

Jesús Silva-Herzog Márquez elabora, en su impecable artículo “Dexiocracia”, conceptos que es necesario tener muy presentes para entender porqué y dónde estamos parados actualmente los mexicanos. En referencia al PRI, sostiene que sufrimos “el gobierno de la corrupción, del soborno, de la ilegalidad, de la confusión de los intereses. Y la corrupción, naturalmente, como el nido donde se aparean crimen y Gobierno”, y además, sobre su herencia, “una política dedicada a alimentar la ilegalidad. La perversa herramienta de gobierno se volvió régimen, regla y hábito. La política mexicana no se sirve de la trampa, sirve a la trampa”.

Ahora, valiosos conceptos del politicólogo guanajuatense Arnoldo Cuéllar: “Una imagen consistente que los mexicanos tenemos de los presidentes de la República es que se enriquecen de forma bestial durante su mandato y de eso no ha escapado ninguno, entre ellos los dos panistas que rompieron la hegemonía priista de 70 años. No es de extrañar, entonces, el estado generalizado de la corrupción que se vive en México, cuando desde el vórtice de la pirámide se manda la señal de que la violación de la ley y el abuso de las posiciones de poder público son la norma y no la excepción… durante dos siglos de vida independiente, la normalidad mexicana ha sido que quien no roba estando al frente de un cargo donde se manejan fondos públicos, o quien no trafica influencias y decisiones allí donde se tiene una posición de poder, es poco menos que un imbécil”.

Ambos analistas aportan valiosos elementos para desentrañar la naturaleza del problema, a los que podemos sumar la impronta que dejó en el quehacer político en México el profesor rural Carlos Hank González, cuya frase “un político pobre es un pobre político” lo retrata a cabalidad. De cuna humilde logró amasar una fortuna inmensa y el liderazgo del grupo Atlacomulco, gracias a la administración del poder, las complicidades y cobijo de intereses. La cuestión es que su ejemplo rompió, desde la década de los 50 del siglo pasado, con el esquema de discreción (el elemental “guardar las formas”) y lanzó desde la cúspide de la pirámide el sólido mensaje de que no aprovechar los puestos de elección popular y de pretendido servicio público en beneficio personal o familiar era propio sólo de imbéciles.

Se abrió entonces el periodo de voracidad extrema, con el añadido de que la riqueza súbita podía, debía, ser exhibida sin tapujos.

Sí, un ejemplo que se convirtió en un agresivo virus, extremadamente contagioso, que infectó hasta la médula a la clase política en su conjunto. Hoy, nadie se salva, ni priistas, panistas o perredistas, que dicho sea de paso y sólo con fines demostrativos, gobiernan el DF desde hace lustros y Transparencia Mexicana acaba de calificar a la capital del país como la paradoja de ser la entidad mejor evaluada en materia de acceso a la información pública, pero la última en materia de corrupción en trámites y servicios.

El punto más grave de todos es que la solución no es otra que el imperio de la Ley, la restauración y vigencia plena del Estado de Derecho, el fin de la simulación como requisito indispensable para acabar con la impunidad rampante que golpea al país y, tal y como están las cosas, sería tarea de los que hoy nos gobiernan. La solución es, entonces, lo mismo que esperar que la clase política se haga el harakiri y que sea reemplazada por otra que no tenga la mutación del gen corruptor en su ADN.

Sin pretender rendición total ante el pesimismo, parece que los mexicanos nos encontramos en un callejón sin salida…
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