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Dalia Reyes
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24 Mayo 2018 04:00:00
Más allá del huevo
El otro día, hace muchos años, un nutrido grupo de personas se encontraban en un puerto inglés esperando el arribo de un barco mercante. Mucho antes de lo esperado todos corroboraron la presencia cada vez más cercana de un buque más grande y ostentoso; intriga y gusto los invadió hasta el momento cuando esa emoción se trocó en perplejidad y pena: El navío nunca llegó al muelle, simple y sencillamente desapareció.

Esa fue una sumaria narración de cierto hecho real en Inglaterra. Imagino a los testigos hablando del tema durante mucho tiempo, sacando conclusiones entre las cuales jugarían un papel importante Dios y el diablo; sin embargo, la constante debió ser esta pregunta: “¿verdad que sí lo vimos?”, pues la única manera de corroborar lo verdadero una sociedad es cuando hay consenso.

El huevo me viene bien para abordar el tema, sobre todo aquellos “blanquillos” manipulados por Rosita –la usada- cuando alguien manifestaba mal de ojo indiscutible en sus desvelos, sustos y manías. (Aclaro que el adjetivo para la mujer es porque en casa teníamos también a Rosita, la nueva).

Cuando un niño presentaba sudores, vascas e insomnios, aparecía Rosita con su bolso blando conteniendo una gran cantidad de artilugios ni siquiera pergeñados por nosotros como instrumentos de alivio: Pirul, alcohol, perfume y un huevo. Se escanciaba el perfume sobre la persona, se restregaba el alcohol en la nariz y el huevo recorría de pies a cabeza la anatomía del afectado quien debía contestar de cuando en cuando que seguía ahí, que no se había ido.

Al terminar, Rosita quemaba el pirul desdentado de tantos ramalazos aplicados en el tratamiento, sentaba al perfumado enfermo y rompía el huevo para vaciarlo en un recipiente hondo pero con boca ancha. Irremisiblemente aparecía ahí el mal; en el centro de la yema quedaba un punto rojo, o verdoso, o blanco o nada; es más, la mayoría de las veces nunca encontré el rostro del enemigo ni en la clara, pero la convicción de la curandera, de mi madre y mis hermanos mayores eran suficientes para convertirme en testigo de cuánto sigue existiendo el mal en este mundo.

Con el tiempo he pensado lo siguiente: A menudo el mal escapaba al huevo y las personas lo encuentran en lugares espantosos, manifestaciones inexplicables, animales irracionales e, incluso, en las personas mismas. El secreto consiste en creerlo uno y convencer al otro, ese acuerdo social basta para construir nuestros monstruos personales.


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