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Carmen Aristegui
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Carmen Aristegui Flores. Periodista y conductora de programas de radio y televisión de amplia experiencia y reconocimiento en México.

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19 Febrero 2016 05:10:41
Más papistas…
El balance obligado de la visita a México del papa Francisco se puede hacer desde varios ángulos y con interpretaciones muy diversas.

Reforma, por ejemplo, publicó ayer una encuesta nacional, bajo el título: Cumple expectativa, que da cuenta de cómo el 66% de los consultados telefónicamente opina que el Papa sí abordó en sus mensajes los problemas más graves de México, y un 48% respondió que el tema de la pederastia no era tema de su visita a la pregunta sobre si debió hablar el Pontífice de ese tema.

A pesar de que la ocasión era propicia, finalmente, no hubo reunión con víctimas de pederastia clerical, ni tampoco con familiares de los jóvenes desaparecidos en la noche de Iguala. No hubo mención sobre Marcial Maciel y sus secuelas en la Iglesia católica mexicana. Tampoco sobre el caso Ayotzinapa. El Papa no se refirió al “Chapo” Guzmán, ni a los alcances que tiene para México una historia como esa. Tampoco aludió el Papa a la maquinación e injusticias cometidas, desde la Arquidiócesis de México, en contra del padre José Luis Salinas, que dieron lugar a la anulación de la boda religiosa entre Angélica Rivera y el “Güero” Castro, condición necesaria para el posterior enlace entre la actriz y el hoy Presidente de México. No hubo para el padre Salinas una sola palabra que reivindicara su nombre y su memoria. Hubo tantas palabras como silencios durante la visita del papa Francisco a tierras mexicanas. Eso provocó desencanto entre quienes esperaban mucho más de esta visita. Hubo momentos de alto impacto como lo sucedido ante miles de indígenas en Chiapas y el encuentro transfronterizo en Ciudad Juárez, también de profundo significado.

En lo que se refiere a la clase política mexicana nos resultó “más papista que el Papa”. Desprendidos de los preceptos que definen a un Estado moderno laico como el mexicano y de lo que la Constitución establece sobre la separación entre Iglesias y Estado, los gobernantes de este país pasaron por alto que una cosa es su legítimo derecho a profesar como individuos la creencia o religión que prefieran y otra, muy distinta, lo que hicieron durante la visita del Papa. Sin más echaron por la borda los principios básicos de la laicidad. Con recursos públicos y durante actos oficiales trastocaron los ejes fundamentales sobre ese tema, surgidos de los cruentos capítulos de la historia mexicana.

Las crónicas periodísticas describen cómo algunos integrantes de la clase política gritaban –en un acto oficial– “¡bendición, bendición!” para llamar la atención del Pontífice. En el portal de la Presidencia y en los de algunas secretarías de Estado, fueron desplazados los logotipos y símbolos oficiales para colocar en su lugar los colores e imágenes del Vaticano. ¿Qué diría Juárez si no hubiera muerto?

¿Violó la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, en su artículo 25, el Presidente de México cuando comulgó en la basílica de Guadalupe, durante la visita del Papa, al igual que otros funcionarios? La ley marca una clara separación entre el ámbito público y el ámbito privado e impide, a quienes tienen una representación política en cualquier nivel de gobierno, asistir –con representación oficial– a ceremonias religiosas o de culto.

¿Llevaba una representación oficial el Presidente de México cuando decidió participar en esa ceremonia y comulgar? ¿Estaba ahí como Presidente de la República o sólo como un individuo que hacía valer la libertad religiosa que, desde luego, también consagra la Constitución? Ahí queda la escena para el debate, si es que lo hay.

¿Fueron usados los actos públicos con Francisco por parte de la clase gobernante con “...fines políticos, de proselitismo o de propaganda política”? La pregunta cabe, dado que –en el remoto caso de que algo así hubiera ocurrido– habrían violado esa prohibición expresa que existe en la Constitución desde el año 2012, año en que también se incorporó el siguiente párrafo: “Toda persona tiene derecho a la libertad de convicciones éticas, de conciencia y de religión, y a tener o adoptar en su caso la de su agrado. Esta libertad incluye el derecho a participar, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, en las ceremonias, devociones o actos del culto respectivo”.

¿A este último precepto es al que se acogió Peña Nieto y la clase política para participar de la manera en que lo hicieron durante la visita del Papa? Si así fuera, dejaron de lado las definiciones históricas y legales del Estado mexicano, y no dudaron en utilizar recursos públicos para mezclar fervor con representación oficial.

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