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Vicente Bello
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29 Mayo 2018 04:00:00
Mayoría colegiada, la última trinchera contra Amlo
La mayoría colegiada en el Congreso mexicano (dos tercios de los votos: 334 en Cámara de Diputados y 95 en la de Senadores) sirve, fundamentalmente, para la toma de las siguientes decisiones:

1.- Aprobación de reformas constitucionales.

2.- Obtención del quórum en sesiones de Congreso General.

3.- Para superar un veto presidencial. Todo proceso legislativo no concluye en las cámaras del Congreso de la Unión sino con la promulgación de ley por parte del titular del Ejecutivo Federal, y con su publicación en el Diario Oficial de la Federación; sin embargo, el Presidente de la República tiene la facultad de “observarla”, es decir vetarla, regresándola a la Cámara que comenzó dicho proceso –Cámara de origen-. Entonces dicha ley devuelta, aunque haya sido una ley secundaria que para su aprobación solo requirió de mayoría absoluta, la mitad más uno, ahora tendría que necesitar de mayoría colegiada o de dos tercios para volverla a aprobar.

4.- Cuando se vaya a designar nuevo titular de la Auditoría Superior de la Federación.

Para el PRI en sus tiempos de partido hegemónico, de “carro completo”, estas mayorías colegiadas eran muy fáciles de conseguir.

Ya no lo fueron tanto a partir de la reforma política de 1978, cuando –obligado por su necesidad de legitimar un poder presidencial que se afincaba en una guerra armada y sucia contra un sector de la población bastante inconforme- modificó las condiciones de participación política y la oposición comenzó a tener mayor representatividad en el Congreso.

Además, la frustración del país era tanta como la de ahora. Y el PRI en aquella época, hiciera lo que hiciera la oposición, siempre terminaba ganando todo en las contiendas electorales. Absolutamente todas las instituciones estaban al servicio de ellos, al grado que el juego democrático no era más que una farsa. Una simulación.

En 1988 el PRI perdió la mayoría calificada luego de un desgajamiento histórico. Tantos mexicanos votaron en su contra que existe la sospecha fundada de que el entonces triunfo priísta no fue más que un robo. El gobierno Delamadridista retorció de tal modo las elecciones federales de ese año que le habría quitado la presidencia de la República a Cuauhtémoc Cárdenas, para dársela a Carlos Salinas de Gortari.

Tocado en su hegemonía, el PRI visualizó entonces que tenía que tener aliados al interior del Congreso, y fue más allá de los llamados partidos políticos pequeños, como el PPS y PST, transfigurado éste en el Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional.

Se alió con el PAN. Y desde entonces no se sueltan. PRI y PAN son como la uña y la mugre. Juegan al peso y al contrapeso solo para engatusar a los electores, pero en el fondo son auténticamente iguales. Se entienden perfectamente, y son cómplices en prácticamente todo. Saben qué es para uno, y qué es para el otro. Han asumido al país como un enorme botín, del que han procurado hacerse de tajadas para asegurar el porvenir personal durante generaciones.

Tener la mayoría colegiada, para el PRI, ha resultado de enormes beneficios económicos y políticos. Un ejemplo clarísimo y cercano de esto es la reforma energética. Entre el PRI y PAN fundamentalmente, reformaron en agosto de 2014 la Constitución, abriendo la puerta del infierno, para que regresaran las compañías petroleras trasnacionales. O la reforma educativa. O la reforma laboral. O la reforma en materia de telecomunicaciones.

Estas reformas que se lograron a lo largo del sexenio de Enrique Peña Nieto cambiaron el modo de andar de México. Sin duda el PRI y el PAN pretendían muchas otras más, como la que privatizaba el agua. Pero no les alcanzó el tiempo. No al menos en esta 63 Legislatura, cuya memoria será de lo más infausto en toda la historia de México.

El paso de gigante que lleva Andrés Manuel López Obrador los tiene atiesados. Espantados. Todas estas barbaridades que aprobaron, reformando la Constitución, enfrentan el riesgo de que sean echadas para atrás en el sexenio que viene, sea durante la 64 o durante la 65 Legislaturas.

Por eso se quieren parapetar en el Congreso de la Unión, ganando a como dé lugar, para conseguir suma de minorías que lograsen mayorías, sea la absoluta (la mitad más uno) o sea la calificada (la de los dos tercios más uno). Y tratar de frenar desde allí la conformación de un nuevo régimen, en el que ellos por supuesto no van a estar invitados más que para irse al basurero de la historia. O a la cárcel.

Sin embargo, para toda esa clase política corrompida y enriquecida hasta las cachas, el panorama que viene no es muy bueno. Hicieron tanto daño con sus reformas constitucionales –caso muy particular la energética- que la inmensa mayoría de la población está demasiado “encabronada” con ellos.

Y hay el vaticinio de que Andrés Manuel no solo ganará de calle la Presidencia de la República, sino que también ganará las mayorías absoluta y calificada en las cámaras del Congreso de la Unión, al menos en la 64 Legislatura.

Este fin de semana reciente hubo voces de encuestadores que vaticinan que el movimiento encabezado por López Obrador estaría alcanzando el 80 por ciento de la votación en su favor.

Están muy nerviosos no sOlo Peña Nieto sino también todos los capitanes de esa maquinaria terrible del neoliberalismo que ha estado aplastando a la población mexicana.

La mayoría colegiada, en ambas cámaras, sería la última trinchera de quienes quieren que nada de cambie. A menos que la gente se la otorgue a los que vienen.
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