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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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26 Noviembre 2017 04:00:00
¿Me enseñas?
Comprueban los especialistas en comportamiento humano que aún en las universidades más prestigiadas se padece una tremenda crisis de valores que se manifiesta en la sociedad en conductas cada vez más individualistas, sádicas, escalofriantes, corruptas.

Las sociedades del mundo entero están en crisis por falta de maestros. Maestros que con palabras henchidas de mágicas seducciones guíen a los alumnos a través de los oscuros laberintos del misterioso y complejo mecanismo de la conducta humana.

El magisterio, como medio de subsistencia, no es debidamente valorado en las sociedades contemporáneas, orientadas al consumo. Pero aunque la profesión de maestro sea con frecuencia poco reconocida o mal remunerada, tanto en los países del primer mundo como del tercero, todavía hay maestros. Ellos son los verdaderos héroes de nuestros días. Trabajan con la esencia más preciosa del universo: Las mentes y los corazones de infantes y adolescentes en cuyas manos depositamos el futuro.

Porque si bien la ciencia ha avanzado en grado superlativo en el área tecnológica y computacional, y ha logrado conocer por medio de huellas dactilares el dibujo de una piel, se requiere de profunda intuición para penetrar el cerebro humano y abrirlo a la imaginación y a la voluntad de discernir. Es un trabajo delicado: Requiere una enorme calidad humana para crear un ambiente con palabras que mezclen la severidad y la dulzura, y que envuelvan la realidad con la esperanza.

El trabajo del maestro no consiste tanto en enseñar datos y fórmulas, sino producir en el alumno amor y estima por el conocimiento. El estudio no se considera como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber. Los maestros brillantes se recuerdan con aprecio, pero con mucha gratitud a aquellos que tocaron los sentimientos; aquellos que hicieron nacer en el alumno un deseo grande de aprender.

Mas, ¡ay!, qué increíblemente difícil es ser maestro. ¿Quién sabe de la energía, el esfuerzo, la pasión que invierte al preparar su cátedra? ¿Quién sabe cuánto se desgasta y se consume tratando de iluminar los cerebros dormidos, perezosos? Para el maestro es perdurable el fervor y pasajero el desencanto.

Las ideas son frágiles y suelen permanecer en estado latente mucho tiempo antes de dar fruto. Las ideas, cual pequeñísimas semillas de mostaza, revolotean, juegan, se esconden, se pierden. Unas caen en cabeza dura y mueren. Otras caen en corazones agrios, resentidos, aburridos, y se asfixian. Pero unas cuantas ideas caen en cerebro húmedo, cálido y fértil y ahí se incuban. Tal vez tarden en dar fruto, pero están ahí.

Un día, sin saber por qué ni cómo ni cuándo, la semilla cobra vida, y poco a poco penetra la mente llenándola de luz. Se dispara la chispa que incendia la voluntad y provoca que la idea descienda lentamente al corazón. Lo acaricia, lo envuelve, lo posee; la idea cobra vida y, del campo cognoscitivo pasa al campo afectivo. Al despertar la voluntad, se hace acción. Y, como la minúscula semilla de mostaza, llega a convertirse en frondoso árbol.

El proceso es lento, penoso, requiere un maestro enamorado de la educación holística orientada hacia la unidad mente-cuerpo-espíritu. Un maestro que ha aprendido a conjugar la ciencia y el humanismo. Aquél que se deja iluminar por su mismo resplandor, y se consume por su propia llama.

La misteriosa y lenta maduración de los valores requiere de maestros que tiren su semilla al aire y no les importe dónde germine, ni quién recoja la cosecha, ni cuándo. El maestro no muere: Su presencia perdura en las mentes, corazones y acciones de los que reciben el regalo de sus semillas. Sus palabras están ahí, guardadas, esperando el momento y el lugar apropiados para cobrar vida.

Es grato recordar lo que dicen los filósofos: “Donde hay educación no hay distinción de clases. Por la ignorancia se desciende a la servidumbre, por la educación se asciende a la libertad. Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo.”


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