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Dan T
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22 Mayo 2018 04:06:00
Me fui a la boda real
Lo pensé mucho antes de aceptar. Eso de llevarme con mis ex nunca ha sido buena idea, pero, ¡qué diablos!, me estaba invitando a su boda, así que me puse a analizar mis opciones: por un lado tenía un viaje a Londres para ir a la boda del año, por el otro tenía el debate de los candidatos presidenciales. Mmmmh... ¿Meghan o AMLO? ¿Harry o Anaya? ¿Una chela Guinness de esa que tiene 3 centímetros de espuma o Meade? ¿Boda real o “Bronco”? Lo pensé largo y tendido durante dos segundos y me largué en el primer avión que encontré para el Reino Unido.

Londres es una ciudad sorprendente. Especialmente porque todo lo hacen al revés. Nomás para que te des una idea: son más contreras que “El Peje”. ¡Imagínate! Es por eso que conducen por la izquierda y no por la derecha como las personas decentes. Y obviamente eso significa una cosa: Londres es la ciudad donde más atropellan turistas. Y no es que uno sea bruto, sino que los ingleses son tercos, necios y obstinados –¡achú!, diría alguien que está leyendo esto–, por lo que cuando el turista intenta cruzar la calle, de manera natural voltea a la izquierda, si no viene coche, da el paso y, ¡prrrrr!, lo aplastan porque se le olvidó que el camión rojo de dos pisos que estaba esperando llega por la derecha. Pero como ya me la sé, esta vez no tuve que saltar 8 metros para llegar a la banqueta y poner a salvo mi vida.

Lo que sí me costó trabajo fue el disfraz para la boda. Cuando me dijeron “tienes que ir de colas”, dije: “¡Uy, no! Va estar complicado porque después de la amibiasis me dicen el sinalguense. Haz de cuenta que las dejé en el otro pantalón. Ni modo que me inyecte silicón en las pompas para ir a una boda. ¿Acaso soy Ninel Conde?”. Pero entonces me explicaron que eso “de colas” es el frac, ese traje como de capitán de meseros de restaurante de Polanco. Y ahí va yo con mi frac gris Oxford –porque estábamos en Inglaterra–, con un chaleco en manta de cielo color hueso y una corbata con chaquira huichola, muy a tono con mis tenis plateados del Santo. Era yo el epítome de la elegancia mexicana. Si me ha visto Diego Rivera, en ese momento me hace un mural.

Cuando llegué a la iglesia, al primero que vi fue a David Beckham, por lo que me esperé un poco a que se alejara. Y no porque me fuera a pedir otra vez dinero, sino porque es una chinga sentarse a su lado en cualquier lado: hagas lo que hagas, te pongas lo que te pongas, te ves feo. No, no, paso sin ver. Cuando vi que se había alejado lo suficiente con su esposa, que tiene cara de amargada, me formé para entrar y me tocó junto a una viejita linda, medio gruñona pero muy simpática. ¿Cómo me dijo que se llamaba? ¡Ah, sí! Elton John. Es una especie de Juan Gabriel inglés, aunque, claro, sin el sentimiento del “Divo de Juárez”, pero parece que es bastante conocido por aquellos lados.

Meghan me saludó coqueta desde el altar y Harry medio se puso celoso, pero ni modo de que hiciera una escenita delante de, literalmente, todo el mundo. El único momento bochornoso de la ceremonia fue cuando pasó junto a mí una señora y se me salió decir: ¡Un teletubbie! Realmente estaba emocionado de que los hubieran invitado, pero entonces me explicaron que era la abuela del novio, o sea la reina. ¡Perdón, mi reina!, alcancé a decirle. Lo único que no me gustó de la boda fue que no bailamos Des-pa-ci-to.

¡Nos vemos el jueves!
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