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Cristina Orozco
Cristina Orozco
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09 Diciembre 2017 04:09:00
Medalla a la corrupción
Cada 9 de diciembre se conmemora el Día Internacional de Lucha contra la Corrupción. El mensaje del secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, convoca a la erradicación de este delito, pues mientras en algunos países es denunciado y penado, en otros es ignorado y premiado.

En México, usted sabe, “cantamos muy bien las rancheras”, vemos que la corrupción mata; es causa de la violencia y la inseguridad; va en contra de la democracia y, aunque hay intentos de frenarla a través de diversos controles, al final resultan ser sólo una pantalla. Por ejemplo, si hablamos del Sistema Anticorrupción, por el momento nos encontramos sin fiscal independiente que lo eche a andar y tampoco hay un fiscal general, pero gobernadores estatales ya nombran sujetos “a modo” que buscan, pero no encuentren ningún peccamen en sus administraciones.

México ocupa el primer lugar entre los 35 países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico OCDE, en corrupción, esta es la causa principal que no permite el desarrollo del país y pagamos el precio más alto por ello. La Ley de Seguridad Interior que será emitida antes de concluir el año es la medalla conmemorativa a la corrupción política, misma que, ulteriormente, legaliza las injusticias contra los derechos humanos, es decir, esta ley va contra la seguridad ciudadana. Típicamente se han diferenciado tres tipos de seguridad en que los Estados modernos asumen y establecen competencias: la seguridad externa, la seguridad interna y la seguridad ciudadana, Peñaloza, Pedro José coord., Narcotráfico, Crisis Social, Derechos Humanos y Gobernabilidad:

“La seguridad externa constituye la primera y más antigua instancia que debe resguardar el Estado, vinculándose a la defensa de la soberanía territorial de la nación de posibles amenazas provenientes desde el exterior. Esta esfera la conforman las fuerzas armadas de un país. La seguridad interna o pública se refiere a la necesidad de mantener el orden público y el imperio de las leyes en el territorio de un Estado-Nación, y su cumplimiento ha sido habitualmente encargado a las fuerzas policiales en la mayor parte de las democracias modernas. La seguridad ciudadana es un concepto que se remite a la tradición de la noción de ciudadanía, es decir, a la capacidad de los ciudadanos como agentes activos y no como una masa pasiva, que exige o demanda seguridad a una instancia superior”.

La seguridad ciudadana y la pública van de la mano. Su vínculo radica en atender la seguridad social del Estado: la tranquilidad, el empleo, la educación, la salud, y parten de los sujetos que ejercen sus derechos y tienen deberes ciudadanos. La seguridad externa debe obedecer a los civiles y nunca al revés. Se trata de vivir en un Estado que pueda proteger sus derechos individuales y garantice los derechos humanos.

Si viviéramos en una democracia, sería distinto. Nuestras leyes surgirían de una sociedad civil poderosa y representativa, centinela de la seguridad pública, garante de las leyes que por medio de un consenso ciudadano se integran al Congreso de la Unión junto al razonamiento de organismos autónomos y civiles. No tendríamos leyes como consecuencia de imposiciones de un régimen totalitario, en el cual, un solo hombre goza del poder absoluto como lo tiene quien sea el Presidente de la República Mexicana.

Esta ley demuestra que el Ejército no está dispuesto a seguir trabajando de modo informal como lo ha estado haciendo por décadas, desacreditándose, en labores que no son de su responsabilidad para un gobierno que en 20 años no logra formar debidamente a sus cuerpos policiacos como tanto lo han prometido y tanto dinero le han invertido.

Los tiempos y modos de hacer las cosas los delatan. Hay una incapacidad de gobernar sin cometer delitos de corrupción y resulta fácil con una ciudadanía pasiva que, aunque se queja y queja disimula y, finalmente, acata. Simplemente, el dictamen de ley se creó en lo oscurito, acto que apesta a represión y dolerá.

A propósito del tema, Thomas Fleiner en su libro Derechos Humanos cuenta que en la filosofía de Confucio existe una parábola que debería ser considerada por Estados como por instituciones:

“El alumno preguntó a su maestro: ¿De qué debe preocuparse el Estado cuando quiere brindar paz y justicia a los hombres? Necesita un buen ejército, suficientes alimentos y confianza. La respuesta no satisfizo al alumno, quien, deseoso de aprender, volvió a preguntar: ¿A cuál de los tres bienes debe renunciar cuando no puede disponer de todos?: Al ejército. ¿A cuál puede el Estado aún renunciar si sólo puede contar con uno de los dos restantes? ¿Qué es lo absolutamente necesario para que el Estado exista y un gobierno pueda gobernar? El maestro respondió: Confianza. Sin confianza no existen ni Estado ni gobierno”.
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