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Dalia Reyes
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12 Junio 2018 04:00:00
Menos penas
No veo películas dramáticas, terroríficas, de suspenso o profundamente lacrimógenas; considero mi vida lo suficientemente complicada como para andar desperdiciando sustos, llantos o temores por desconocidos a quienes la situación ni les importa y además les pagan por eso.

Debo sumar a mi lista los filmes franceses, los de sensibilidad norteamericana y las telenovelas latinas. Estas por una muy lógica razón: Lo que sucede ahí va mucho más allá del realismo mágico más aventurado. ¿Acaso no se han fijado cómo las mujeres se quedan calladas a veces y otras los hombres las escuchan? Eso es imposible.

Las películas provenientes de Francia se entretienen media historia en un diálogo sin fin, en el que participa activamente tanto el hombre como la mujer, hasta llegar al fondo y las últimas consecuencias de sus sentimientos; ambos parecen tener buena disposición para agotar el asunto y alcanzar el estado catártico que les permita seguir siendo buenos amigos, los cuatro.

Ahora bien, cuando los norteamericanos abordan un asunto del corazón, puede suceder que toda la trama se consuma en aclarar el prudente silencio guardado por la chica, lo que provocó la confusión de sus sentimientos y no permitió explicarle al novio que el galán con quien la sorprendió era su primo –el de ella-. No sé de ningún silencio como esos en toda la historia de la mujer, desde Eva a nuestros días.

Lo de las telenovelas no hay necesidad de explicación: La joven buena –muy buena- es capaz de ocultarle al protagonista que su hijo es suyo y de los dos hasta que este tiene edad suficiente para ser cerillo en algún centro comercial; por su parte, el caballero ingenuo podrá creer en la paternidad de otro bebé a cuya madre no ve desde hace 10 años.

El problema no es que suceda en la pantalla. Pasa luego que nos metemos tanto en esos papeles y venimos a poner el ejemplo en práctica con los resultados previstos: Ni ellos tienen la paciencia para escucharnos ni nosotros la capacidad para callarnos; los hijos no se ocultan porque saltan a la vista y el hombre en cuestión no va a creerse lo del hijo, así haya cenado con la madre.

Así, vuelco mis pasiones en la varita mágica de Harry Potter y pongo atención en el atuendo de Fiona; esto me ha evitado muchas visitas al sicólogo.

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