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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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19 Junio 2017 04:00:00
Mentís al triunfalismo
La conseja según la cual “en Saltillo nunca pasa nada” fue sepultada el 5 de junio cuando 50 mil personas o más desfilaron pacífica y resueltamente en contra del supuesto fraude electoral maquinado para imponer al candidato del PRI Miguel Riquelme como sucesor de Rubén Moreira y de la eventual extensión de su clan otros seis años para completar 18. Una eternidad insoportable, excepto para sus beneficiarios.

La manifestación superó las expectativas más optimistas, sobre todo por el corto lapso entre su convocatoria y su realización 24 horas después. El Gobierno del Estado y el PRI, al principio, le restaron importancia. Expertos del acarreo, de sus tiempos y sus costos cargados al erario, quizá supusieron que los saltillenses permanecerían distantes, dormidos, ajenos al mundo y sus problemas, insensibles frente al atropello.

Cuando el poder despertó, cuando, con estupor por su futuro, descubrió que Saltillo había cambiado, aun cuando las elecciones de alcalde las hubiera ganado un priista, o tal vez por ello, era demasiado tarde. La votación del PRI se desplomó como nunca. Perdió la mayoría en el Congreso, alcaldías importantes (Torreón, Monclova, Acuña, Sabinas) e incluso hoy todavía no puede cantar victoria en la Gubernatura pues fue impugnada por el PAN y las demás fuerzas del Frente por la Dignidad de Coahuila y en defensa del sufragio libre.

La manifestación se afrontó con el recurso barato de la descalificación. Frente a la espontaneidad y prudencia ciudadana, la provocación del PRI-gobierno: “Bola de acarreados”. Frente al clamor contra el “fraude electoral” y el repudio a la clase gobernante enquistada en el poder desde hace 12 años, el escarnio, la burla, la confesión de parte: “Ya marcharon desde ayer” (4 de junio, día de las elecciones más sucias y escandalosas de la historia de Coahuila y acaso de México). Pero eso sí, en el Congreso se le rinde culto hipócrita a Francisco I. Madero, el Apóstol de la Democracia.

El Gobierno y su partido siguen sin reponerse del mentís al triunfalismo dado en la marcha, impresionante por tierra, pero cuya magnitud sólo fue posible dimensionar por las tomas aéreas. El tono de la protesta frente a la sede del poder donde Venustiano Carranza despachó hasta antes de levantarse contra el usurpador Victoriano Huerta tras el asesinato de Madero, fue de repudio, de indignación, de hastío y de enfado hacia el moreirato y su estela de terror. “¡No más!”, se escuchó en la Plaza de Armas.

¿A quién debe Saltillo esta alborada cívica y democrática? En parte, y aunque parezca irónico, a los propios Moreira por haber traicionado a una sociedad cuya parsimonia se confundió por mucho tiempo con sumisión y su silencio con complicidad. Pero, sobre todo, a la comprensión de la nueva realidad de un estado y un país donde ciudadanía empieza a ser lo que siempre debió haber sido: agente de cambio y mandarte. Esta revolución de terciopelo no podría explicarse sin las redes sociales, antídoto contra el poder omnímodo y la complicidad de algunos medios de comunicación.

A los coahuilenses corresponde el mérito de este gran movimiento cívico cuyo alcance sobrepasa a partidos, candidatos y gobiernos. Ninguno de ellos habría podido mover tantos anhelos en un mismo objetivo: la dignidad y el rescate del estado. Si el espíritu social se apaga, como el poder espera que suceda, los corruptos y los aventureros volverán a imponer sus intereses.
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