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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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22 Julio 2017 04:00:00
¡Merecen la hoguera!
¡Helos ahí, atados a sendos postes en la plaza pública!

Son los burócratas cupulares del presente sexenio. Rebullen las masas con amagos de linchamiento que mal contiene la fuerza pública. ¿Los miran ustedes, ya los conocen, los reconocen? Reos de muerte son todos ellos, y ante una muchedumbre frenética son exhibidos en la altitud de esa plataforma que se alza en la medianía de la plaza pública. Después serán conducidos a los postes del patíbulo y entre el clamoreo de la multitud en ellos serán atados, con haces de leña apilados a sus pies. Leña verde. Véanlos todos. ¿Los reconocen? Sí, que de otra manera no los señalarían con el índice, con el puño, con esos clamoreos que determinan la muerte de semejantes dañeros...

Cómo no los van a reconocer, víctimas como son de los tales. Véanlos ahí, el espanto chispándole de sus cuencas los ojos: son los rapaces arrancados a la impunidad y juzgados en tribuna popular. ¡A quemarlos vivos! Ahí, en el poste central, ese que proclamó el estado de derecho mientras en su gobierno solapaba a lo descarado a la cáfila de Duartes, Moreiras, expresidentes y empresarios españoles. Helos ahí, a la espera de la sentencia.

Media mañana estallante de sol. La muchedumbre contempla el abyecto muestrario de la corrupción productiva e impune de un gobierno que terminó por hacer reaccionar a unas masas apáticas. A quemarlos vivos, clama la multitud. A arrasar con los tales, a borrar sus rastros, a derramar sal sobre su memoria y luego a recomponer la heredad. ¡A la quema! ¡Con leña verde!

Porque ha sonado la hora de la justicia. Por eso es que campesinos e indígenas, desempleados e indocumentados, la mujer del hogar y el obrero mal pagado, qué redundancia, con sus manos han tendido un cordón de pólvora desde la leña hasta acá, hasta la plataforma donde el juez, hachón en mano, aguarda las campanadas de las 12 en punto del mediodía. La muchedumbre, un soterrado rumor. Y de súbito...

Ahí resonó la primera campanada, y resuena la segunda, y la undécima, y ya va a sonar la hora de la verdad. Al reventar el último bronce el juez juntó hachón y mecha de pólvora, y la flama corrió por el cordón tirado a ras de tierra, de baldosa, en dirección de los postes donde se agitan y contorsionan los condenados a las vivas llamas. La muchedumbre, el corazón en el gañote y la excitación en unas pupilas lumbrosas de sol. Pues sí, pero, ¿y eso? ¿Qué ha sido, quién fue el temerario insensato? Estupor.

Y es que de súbito aquella anciana se desprendió de la multitud, y con trote cojitranco se adelanta, alcanza la flama y la pisotea hasta la extinción.

Silencio, estupefacción. ¿Qué motivo la impulsó a cegar el fuego? ¿Quizá esa indigente, flacura y harapos, algo tiene que agradecer a los hampones del patíbulo? Repuesto de la sorpresa se alza el juez: “¿Por qué? ¿Cómo, por qué, anciana? ¿Acaso algo tienes que agradecer a los condenados?”.

Y fue entonces: la multitud, engarrotada en el silencio, escuchó la vocezuca, cascada voz, de la anciana que resultó, como ustedes y yo mismo, víctima de Peña, del ebrio matancero y de casi todos los anteriores:

–Sin pólvora, que no la merecen. A fuego manso. Y no tan de prisa. ¡Volvamos a comenzar!

Esta escenilla se inspira en una que tuvo de protagonistas a Hitler y cómplices, y que para desdicha de tantos fue imaginaria, como esta misma. (Qué lástima).
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