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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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21 Octubre 2017 04:00:00
Metiendo la pata sin miedo
Pocas cosas teme tanto el ser humano como el juicio descalificador que atrae el error, porque cometer uno, o incluso “ser” uno, acarrea regaño, castigo, pérdida, desigualdad y desprecio.

Pocos seres humanos –aquellos que aceptan responsablemente sus errores– tienen la capacidad de hacer notar a alguien, en el momento oportuno y con amor, que, desde su perspectiva, está equivocado. Los demás, la mayoría, los restriegan en la jeta y se cobran deudas de otras personas y otros tiempos.

La amenaza de pagar el costo de los errores produce una inmensa resistencia a cometerlos o a aceptarlos. Hay una carga emocional que nos rebasa en la palabra error, que poco tiene que ver con su significado literal: acción desacertada, juicio equivocado.

Las principales emociones atrás del error son el miedo a cometerlo y la culpa por haberlo cometido. Agréguele sus asociadas: rabia, vergüenza, envidia, ira. Una mezcla explosiva que detona en arrogancia, la actitud defensiva por excelencia.

Nuestros padres no aceptaron nuestros errores con amor, nosotros no aceptamos los propios ni los de nuestros hijos con amor, mucho menos los de los demás. Sosteniendo esto se halla el mayor error del ser humano: creer que la perfección está en la conducta y no en la naturaleza del ser, y que tal perfección es factible.

Atrás de este paradigma hay miles de años de condicionamiento social, por eso, aunque los sabios nos digan que del error se aprende más que del acierto y nuestra lógica y experiencia corroboren tal aseveración, seguimos aterrados ante la posibilidad de cometer uno.

Aunque detestemos a la gente que siempre tiene la razón y nunca se equivoca, porque sabemos que no es ni verdadero ni posible, el error nos sigue produciendo pánico. Y continuamos buscando la perfección o fingiéndola. Nos fustigamos a nosotros mismos, cuando cometemos uno, antes de que nadie se dé cuenta, para que la descalificación ajena duela menos y sólo corrobore lo que ya pensamos: que somos unos incompetentes, fracasados, tontos. Y de esta manera nos vamos amoldando a las convenciones sociales del momento y la región, el limitadísimo ámbito del cual se supone que debiéramos liberarnos, rompiendo paradigmas y trascendiendo las condiciones impuestas.

Pero cuando nos resistimos a cometer errores o a reconocer los que hemos cometido estamos espiritualmente constreñidos, sin avanzar, sin disfrutar la vida, sin realizar proyectos ni correr riesgos, sin expandirnos, ni ser realmente nosotros mismos. No nos interesa la verdad, sino la aceptación, lo que los demás esperan.

Como la ausencia del error es imposible, se genera una presión interna que nos lleva a la ansiedad y al sufrimiento. La manera de liberarla es señalar el error ajeno con la misma dureza con que juzgamos el propio. Intentamos, pues, transferirlo y contagiar la miserable forma en que nos sentimos.

Si el ego, esa coraza con la que salimos al mundo, nos dice que el error es de fracasados, el alma y la conciencia nos gritan que no sólo es natural, sino educativo, evolutivo, a veces divertido, una antorcha que ilumina el camino, y que lo que para los demás es un error, personalmente puede ser un acierto.

Hay que crear una nueva visión sobre el error para cambiar nuestras vidas, quitándole la carga emocional. Primero, paremos en seco cuando estemos a punto de justificarnos, sin importar cuán ansioso esté otro por nuestras explicaciones. Nos retiramos a nuestro fueron interno y analizamos emociones y creencias. Ahí estará la verdad. Porque una vez dada la justificación, sólo tenderemos a reforzarla. Después, hay que aprender a reírnos de nosotros mismos.

El fracaso, por otra parte, es la actitud errónea de no hacer nada para evitar cometer errores, cometer siempre los mismos porque “es nuestro destino” o no aceptar los que se cometen porque “yo no me equivoco nunca”.

Así pues, ¡que el verdadero error lo acompañe!
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