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Cristina Orozco
Cristina Orozco
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02 Septiembre 2017 04:08:00
México sometido
Sin duda, alguna vez alguien le dijo: “no seas rebelde”. Aunque, a algunos se nos dijo con demasiada frecuencia. Lo escuchamos, por múltiples causas en tono conciliatorio, paternalista, como consejo y en tono de orden, de acato inmediato como grito que emite una voz con autoridad, fuerte y de auxilio: “¡no seas rebelde!”.

Al madurar y convertirnos en voz de autoridad, la frase viene a colación y, con las mejores intenciones, en el afán de educar, de orientar a los infantes y adolescentes, recurrimos a ese grito del pasado. Sin embargo, “no seas rebelde” sigue una connotación que quebranta, pues libera un mensaje subliminal que propicia al sometimiento, a conducirse con docilidad y resignación.

Según el diccionario, rebeldía implica volverse contra la autoridad establecida en posición de querella o guerra. Deriva del latín “rebellis”; “re”, significa regresión, y “bellum” guerra. Por lo cual, en México, observamos que los actos de rebeldía representan problemas de actitud y desacato, no se conciben como oportunidades democráticas o de justicia.

Desde la infancia hasta la vejez y por tradición, se nos instruye al no pronunciamiento de hechos que pudieran ser injustos. Por cultura se acepta como “normal” el manipuleo de conciencias, el cual se transmite, a través de medios de comunicación, de la religión, la educación, el gobierno y la familia. “Grites, llores o patalees, no se puede hacer nada, las cosas son como son, lo mejor es evitar situaciones conflictivas, no incomodar, aunque haya inconformidad, pues la vida no es justa y al que no le guste, que se vaya”. Pero, sépase, que al paso del tiempo la culpa será de uno que no supo manifestarse y acaba pagando su propia paliza.

Y ya llegó ese momento. México requiere de líderes rebeldes con compromiso social, críticos de lo que acontece a su alrededor, determinantes a desobedecer y protestar; con capacidad sublevaria, que refuten y demanden; personas con suficiente hambre y sed de justicia colectiva que saquen al país del socavón perpetuo de la resignación, pues hoy, la frase: “Extranjero en tu propia tierra”, es un destino que nos lleva en cauce. Tiempos del karma.

En lugares de México cuando un sitio destaca y, de pronto un auge turístico lo impulsa, entonces como hienas, los colosales conglomerados de inversionistas foráneos invaden, engrosando así sus fortunas.

Mientras construyen sus imperios, emplean a trabajadores de la localidad con sueldos miserables y destruyen ecosistemas. La Riviera Maya es un buen ejemplo de esto que escribo.

Donde hubo manglares, terrenos en zona tropical, que cubrían de agua las grandes mareas, lleno de armajales que lo seccionaban y formaban islas bajas, donde hubo árboles que sobrevivían sólo de agua salada y constituían una compleja biósfera, hoy su valía está en las infinitas ganancias económicas, que derrama, propiedad de los extranjeros, quienes no sólo destruyen ecosistemas, pero segregan al mexicano de su propia tierra. Al turista extranjero le ofrecen un ambiente más cercano a su cultura que a lo tradicional del país y es una estafa para el turista mexicano.

Esta situación puede parecer intrascendente si se compara con los escándalos políticos que estamos entrenados a ignorar, sin embargo, no es algo que debiera pasar desapercibido, pues las conquistas ya no sea hacen con armas letales, sino con inversiones financieras. Y México está perdiendo la guerra, el territorio, sus recursos naturales y los capitales activos para competir, valemos por ofrecer mano de obra barata, por ser los reverentes esclavos de los americanos, portugueses, españoles, coreanos, chinos y demás.

Así como, anidados y callados, observamos el manipuleo a las políticas públicas y económicas, como se construyen gobiernos antidemocráticos bailando su vals entre la impunidad y la corrupción; ellos los líderes, ceden, agachan la cabeza no se rebelan ante los ultrajes que imponen los líderes extranjeros, al contrario, nos ponen de tapete para que nos bailen un buen Jarabe Tapatío.
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