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02 Junio 2018 04:00:00
México, Trump y el acero
Por: Arturo Rodríguez García

El modelo económico prevaleciente desde mediados del años 80 privilegió el aperturismo comercial bajo la idea de que la internacionalización era ineluctable, que la globalización de la economía era inminente y que el país tenía que entrar a una nueva etapa de producción y comercio internacional. Se decía eso como se sigue diciendo hoy.

El tema es relevante, para el país y para Coahuila. Lo expondré en dos dimensiones: por una parte, Coahuila posee las dos principales acerías de capital mexicano pues las otras grandes ya están en manos de inversionistas extranjeros; por otra, las decisiones tomadas por el Gobierno estadunidense de imponer aranceles al acero y al aluminio, entre otros países de México, tiene un efecto directo para un amplio sector de la población coahuilense.

La crítica natural, por su antimexicanismo y por ir en contra de lo que a través de tres décadas se ha dicho es el único camino, tiende a dirigirse hacia Donald Trump. Claro, un orate, pendenciero, discriminador, xenófobo y militarista, lanza una “guerra comercial” que a nadie parece dejar satisfecho, excepto por aquellos sectores estadunidenses que han resentido los efectos de la fuga de capitales e inversiones, con consecuente cierre de factorías, a paraísos de mano de obra barata como México.

No nos gusta decirlo así, nos adoctrinaron para pensar distinto. Treinta años de publicidad y propaganda nos convencieron. Y sin embargo, hay razones para observar que el problema no es de Trump, sino que ha sido de México y sus malos gobiernos.

Desde las izquierdas más radicales se expuso una y otra vez que el modelo era generador de desigualdades, que favorecería a unos cuantos y que dejaría hundidos en la pobreza a millones, que implicaba destrucción ambiental, despojo de tierras, aguas y recursos naturales. Para ellos, siguió el desprestigio, el linchamiento en la opinión pública y la represión en sus dimensiones física, política y económica.

Las izquierdas más moderadas, aquellas que suelen alinearse en partidos políticos, plantearon lo mismo con ciertos matices. Su critica se centró en el descuido del mercado interno, la aniquilación de proceso de producción y sectores completos que no podrían competir con gigantes barateros, conocidos entonces como los “Tigres Asiáticos”.

A ellos se les respondió que eran –curiosamente como hoy– nacionalistas trasnochados, marxistas anclados en el pasado, representantes de un modelo agotado que ya era inaplicable en nuestros tiempos. En tanto, aquellos empresarios que reclamaban las medidas devastadoras, fueron tilados de poco competitivos, incapaces de adaptarse a las nuevas dinámicas, de evolucionar y, por lo tanto, fueron condenados a morir en la quiebra.

Poco a poco fuimos observando el deterioro de la industria nacional. Diferentes sectores fueron desplazados por importaciones baratas, las acereras mexicanas se vendieron una a una: cayí Hylsa y luego IMSA en la italoargentina Ternium; la gigante Sicartsa, terminó en el titán mundial Arcelor Mittal; y así, otras de menor talla fueron cediendo hasta que en manos de mexicanos sólo quedó AHMSA y Deacero.

En 2015 tuve una conversación con altos ejecutivos de diferentes empresas, agremiados a la Cámara Nacional del Acero (Canacero). Sufrían las condiciones de la competencia china y la ausencia de políticas de protección a la industria nacional. Con sorpresa vi que estos altos ejecutivos, reclamaban la imposición de aranceles mientras el Gobierno de Enrique Peña Nieto los ignoraba y cuyo secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, daba largas para recibirlos. Hablaban ya del deterioro del mercado interno, del aperturismo como acción perniciosa y, ahora, después de haber estado sometidos a la presión de la competencia desleal, resulta que el imperio estadunidense ha dicho que todos los críticos tenían razón.

La industria nacional, tan dañada por el neoliberalismo, ahora se ve expuesta a la rectificación yanqui que prefiere cerrar fronteras y generar riqueza entre su población.
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