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Dalia Reyes
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29 Noviembre 2018 04:00:00
Mi abuela
No tengo abuela; madre, sí. Por mí no quedó, hice algunos intentos pero, de plano, la naturaleza –la mía y la de ellas- no me ha dado oportunidad de contar con una de esas dibujadas en los cuentos infantiles y materializadas en pocas realidades.

Algunos cargan el mote por carentes de antecesora a resultas de su poca ética, abundante maña o manifiesto registro en las ramas del árbol genealógico caprino.  Pero yo, en verdad, no tengo abuela. Tuve tres, pero ya no.

La primera es un mito, una leyenda, ambos andan en mi memoria falsa como historia tan posible como fantástica.  Murió antes de que yo naciera, pero esparció sus pistas vitales por calles, casas, gente y murmullos de dos ciudades; así que la mantengo viva en tanto no descubra, a pie juntillas, si tengo la historia equivocada de una mujer, o la historia de una mujer equivocada.

La segunda me llegó porque Dios y don Felipe quisieron.  Este la eligió a ojo de pájaro cuando cruzaba a menudo los caminos frente a la huerta en donde ella tejía una cuota diaria, perfectamente medida: hasta consumirse una vela de sebo; esa fue prueba fehaciente de la aplicada esposa que podría encontrar en esa mujer.  Aquél, se la llevó porque apenas matrimoniada dejó ganchillos, velas y veladoras para otra menos lista, y ese no fue el trato.

A la tercera la elegí con toda mi conciencia y estas dos benditas orejas tan oídoras que me pertenecen. Escuché sus historias una y otra vez, nunca las mismas, porque a veces eran contadas con la energía del recuerdo, a menudo con el dolor de la añoranza y, últimamente, con el desfiguro de la tristeza.

Sentada frente a la estufa metálica, su cuerpo empequeñecido apenas podía cambiar el sitio para encontrar acomodo en el sillón.  Pero ahí estaba, en el lugar elegido por su voluntad, no la de médicos, hijos prestos o perdidos.  Como sea, los últimos días viajó de la sierra hasta el pueblo, luego amanecía en la ciudad y, a veces, estaba mirando, clarito, la escuela primaria donde hizo hasta tercer grado una y otra vez; dentro de todo, su memoria fue magnánima y le permitió trasladarse a esos sitios con la pura imaginación y la certeza de una verdad deseada.

De carácter fuerte, organizó su mundo, el de su marido, llevó a los hijos a crecer, así tuviera que desnudar las almohadas para librarlos del frío pendiente siempre en las cabezas de pobres y de campesinos. Con todo y su yo determinante, un día me animé a pedirla en adopción; dijo que sí, al cabo había conocido a mis abuelos, a los tíos y hasta meció incansablemente a algún primo.

Entonces inauguramos tardes de recuerdos, charlas interminables, cíclicas y fractales sobre un pasado vigente en su deseo y mi curiosidad.  Detalló lo lejano y lo reciente, lamentó su soledad y alabó la compañía; miró sus manos cansadas de moler, lavar, mecer, servir.

Pero hoy, ya no tengo abuela. Ayer se me ha muerto Doña Quica y, como dijera el viudo don Rafael: Pues ni modo qué hacer.

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