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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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06 Septiembre 2018 04:00:00
Mi amigo Antonio
“Tú deberías de escribir”, me dijo en una ocasión Antonio Saldívar, allá por los 80. Me reí. Era la primera persona que me sugería, de una manera seria, lo que entonces era mi mayor deseo. Desde ese momento se convirtió en mi amigo, con el que hablaba de política, de los personajes de la sociedad mexicana de los 50 y de George Brassens, uno de sus intérpretes y compositores preferidos. En esa época, rentábamos una casa en el Valle de Atongo en Tepoztlán, justo en frente de la de Antonio y Checky, de allí que nos veníamos todos los fines de semana. Se podría decir que los Saldívar, los mejores anfitriones del mundo, adoptaron a sus vecinos con todo y niños, y eso que Antonio no era muy amante de los niños. Cuántos sábados, después de regresar de sus largas caminatas por los cerros de Tepoz, con sus dos hijos, Adolfo Aguilar Zinser, entre otros, comimos en su casa un delicioso mole, unos frijolitos fritos con tortillas hechas a mano por doña Natalia. Todo me gustaba de la casa de los Saldívar: su amor por México, su buen gusto, la maravillosa vista desde la terraza, sus amigos todos pensantes y leídos (en especial Fernando Solana y Marie Pierre Colle), sus conversaciones, la selección de su música que iba de Los Tribunos, Lobo y Melón, danzones cubanos, hasta los conciertos de Mozart; pero sobre todo, sus dos hijos, Alex y Juan, dos adolescentes listos como ellos solos y con mucho sentido del humor cuyo mayor deporte era darle “el avión” a su papá, al que adoraban.

Platicar con mi amigo era aprender siempre algo nuevo. Nunca había conocido una persona tan interesada en temas tan diversos. Siempre fue muy curioso. En los años 50, Antonio creó un grupo de estudios filosóficos. Cada semana se reunía con sus amigos en su casa de Tacubaya. Allí, discutían de la libertad, la política, la religión y la filosofía de la Historia. Sus inquietudes y dudas lo llevaron a concluir que, en lugar de ir a misa, organizaría un grupo para caminar cada domingo los cerros de Tepoztlán. En 1979, Antonio obtuvo una beca de la Organización Internacional del Trabajo para realizar estudios especiales sobre adiestramientos, incluyendo la dirección de empresas. Esto lo llevó por toda Europa, experiencia que le ayudó a escribir un libro que se convirtió en best seller: Planeación Financiera de la Empresa. Obra que lleva más de 30 ediciones y es lectura obligada en muchas universidades.

A pesar de que mi amigo era el menor de una familia de ocho hermanos, todos brillantes y originales, con el tiempo se convirtió en su líder. Con la hermana que mejor se llevaba era con la espléndida exembajadora Pilar Saldívar. Con ella sostuvo una relación epistolar muy rica. Se tenían tanta confianza que al morir Pilar, designó a su hermano albacea, quien se hizo cargo de depositar los documentos de la familia Saldívar Goríbar en el Centro de Estudios Históricos Carso. Su hermano Jaime se distinguió como pintor naive. No hay nada más bonito que una Virgen de Guadalupe pintada por Jaime Saldívar. A él habría que agradecerle las maravillosas pastorelas de Tepotzotlán. Gracias a su hermana Piti conocí a su amiga de toda la vida, Elena Poniatowska.

El “flechazo” entre Cheky von Wuthenau y Antonio se dio en el restaurant de moda de los 60, el Jacarandas. El cupido fue tan atinado que se casaron en enero de 1963. Ella tenía 22 años y él, 29. Cheky, quien se ocupa del Festival del Centro Histórico desde hace 30 años, conquistó a mi amigo por su inteligencia, creatividad y su amor por la vida. Además de ser una gran cocinera, pinta cuadros, baila ballet y hace yoga. No hace mucho festejaron 55 años de casados en compañía de sus cinco nietas y nietos.

Unos días antes de que muriera Antonio, Cheky y sus dos hijos le leyeron, en la cama, páginas del libro que escribió mi amigo en 1979, El Ciclo Mágico de los Días. Seguramente en esos momentos se acordó de los dibujos sobre amate, muy descriptivos de los usos y costumbres de San Agustín, pueblo de Guerrero, de Abraham Mauricio Salazar. El último párrafo de esta maravillosa obra ilustrada lo dice todo: “Quienes quedan en el mundo de los vivos, continúan el rítmico ciclo... Es la llama que persiste, es el hilo de la trama en el mágico transcurrir de los días”.

Así será, lo que me resta de vida, mi amigo Antonio, esa “llama que persiste”.
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