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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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19 Enero 2018 03:00:00
Mi columna chueca
Cuando comencé a escribir poesía, hace más de veinte años, lo hice para nombrar las cosas con mis palabras, para expresar un sentimiento que me torturaba y exorcizar mis temores. Al principio lo hacía a escondidas. Por muchos años nadie de mi entorno sabía que leía y escribía poemas. En la familia cada hijo carga con un estigma diferente, según el grado y número de hermanos que tenga. Yo, siendo el menor de cuatro, tuve que soportar la burla de mis hermanos, hacer un mayor esfuerzo para ganarme su respeto.

Fue también cuando niño que, por un azar, me descubrieron una desviación en la columna. Mi padre, médico, me hizo unas placas y descubrió que la séptima vértebra cervical estaba incompleta y que me hacía falta una costilla. A partir de ese día fue un peregrinar de médicos, hospitales y terapias, para evitar una mayor curvatura que, con mi crecimiento, tiró primero a la izquierda, años después hacia la derecha y al final para uno y otro lado.

Se me diagnosticó escoliosis congénita y al cabo de diez años de visitar periódicamente al especialista en la Ciudad de México, la operación fue inevitable. A mis 16 me pusieron una barra de acero de treinta centímetros para alinear las vértebras, injertos de hueso para adaptarla a mi cuerpo y enderezarla lo más posible, para que al fin terminara haciendo la función de la columna: sostenerme.

Hace un año que empecé a escribir en Zócalo esta columna, para seguir nombrando mi tiempo y mi mundo. Escribo sobre lo cotidiano, lo que me atormenta o apasiona: la literatura y sus personajes, la Historia. Para compartir mi proceso creativo. Mis rutinas y obsesiones. El sexo y lo que me erotiza. Sobre las cosas simples. Escribo de aquello que ocultamos por pudor o sentimentalismo. Lo que me preocupa. Mis odios y pequeñas venganzas. Mis fracasos al volver a empezar.

Escribo sobre el desamor y las mujeres. Para tratar de descubrir el testarudo y torpe razonamiento masculino. Lo que se dice con los ojos. Sobre mi comida favorita, mi pasión por la pimienta y el ajo. La música que escucho, el cine que veo. Mis lecturas y autores predilectos. Mis maestros. Mis amigos, que son fuente inagotable de inspiración.

Hace un año ya que me acompañan en este viaje sin retorno, en el que Saltillo representa un alto en el camino, una hoja en blanco en mi libreta de notas, donde apunto la ficción de la realidad, porque un tanto así es la vida, como la vivimos y como creemos o queremos vivirla. En estas líneas dejo de ser yo para encarnar al otro, al personaje que escribe, que habla sobre el principal enemigo que todos tenemos: uno mismo.

La poesía ha sido un estímulo, una forma de vida, el impulso creativo y el tamiz por el que pasa todo lo que escribo. Porque la poesía está por todos lados, hasta en la más chueca de las desviaciones. Nada negativo hay, como alguna vez me lo dijo Federico Campbell, ni nada de doble interpretación tiene el nombre que le he dado a estos artículos, como algunos me han preguntado, pensando en otras turgencias que también suelen inclinarse. Porque nada hay más cierto en mi vida que mi columna (vertebral) chueca.
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