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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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21 Febrero 2016 04:10:10
Mi navajita de rasurar
Escuché el llamado del Negrón mientras le sacaba una enorme garrapata a La Duquesa…

Mi perra, cruza de todas las razas que recuerde, enderezó las orejas y me avisó que el tono era de urgencia.

Corrí, la voz venía del baño…

“Oye Secundino” -era yo la encarnación del mítico negro Secundino Alegría- “¿Vas con don Melquiades y me traes una navaja de rasurar? Ahí está el tostón en la mesita”.

¡Válgame!… ¡Una navaja de rasurar!

Recuerdo haber ido a comprar tomate… cebolla… un knorr suiza… pero, ¿navaja de rasurar?

“Sí papi”…

El Negrón estaba dándole al jicarazo, bañándose y se le olvidó meter navaja para la rasurada.

Allá voy, raudo y veloz a lo que mis cañas podían impulsarme… hasta que a medio camino me topé con Chibirico.

“¿A dónde, negrito?”

Iba a contestar, pero estaba sofocado… señalé hacia la tienda.

“Te acompaño”, dijo… “Sirve que me despego las verijas”.

Se levantó, hizo una sentadilla con las piernas abiertas y empezó a caminar rumbo a la tienda… diez metros más adelante salió El Ganso…

“¿Pa dónde, negro?”…

Y se unió sin esperar respuesta… tres descamisados por una navaja de rasurar… llegando al tendajo, doña Zoveida estaba quejándose de que unos marranos se habían metido a romperle la cerca del jardín… que seguramente eran de doña Paula…

“Mi navaja”…

Pero don Melquiades, chismoso por naturaleza, le dijo que el otro día a él se le metió un marrano en la bodega y le rompió como 12 sacos de maicena…

“Y ni quién me pague”

“Debería agarrarlo cuando esté adentro y me habla para matarlo y hacer chicharrones, los vendemos y nos cobramos el daño”.

Chibirico se puso nervioso, su madre también criaba marranos, y esa nueva disposición ponía en riesgo el patrimonio.

“Mi navajita, don Melquia”…

¿Y qué tal si un día se les escapa un puerco y lo toman prisionero?…

“¡Lo capa mi jefa, negrito!… que no se le ocurra a este viejo sobuca matar a uno de mis puercos, porque lo capa mi jefa”.E l Ganso hacía cuentas… digamos que salen 12 kilos de chicharrón, de a nueve pesos el kilo… 108 pesillos eran muy buenos, más la manteca, más la carne y las carnitas.

“Sí salen quinientos pesos de pura ganancia”.

Entonces pensó en ese maravilloso plan de poner trampas para marranos, para que cuando se metieran a un patio quedaran atrapados y allí mero se tenía al prisionero que permitiría una jugosa ganancia.

“Don Melquia… mi navajita”.

Para esas horas ya el Negrón estaría desesperado porque no regresaba con el encargo, así que me colgué del mostrador y grité con todas mis fuerzas… “¡Una navaja o mi papá me va a pajuelear!”

Y se hizo el silencio…

Zoveida y don Melquia conocían la manera de corregir del Negrón…

Se miraron, don Melquia se rascó la cabeza.

“Te van a dar… mira, ten una paletita de a .25 para después de la zumba”.

Tomé la navaja, la paletita y los deseos de que me fuera leve, y salí corriendo a todo lo que daban mis cañitas…

Ya no platiqué…

¿A quién le importan unos marranos?

Llegué al baño, y con voz temblorosa avisé mi regreso… “Papi… su navaja”.

Silencio pesado, tremendo silencio…

Entonces la voz del Negrón resonó detrás mío.

“¿Dónde andabas?”…

Me di la vuelta, ya el Negrón se había secado y cambiado…

No quise dar largas al asunto, caminé hacia el ropero, saqué el cinto de cuero y se lo llevé a mi sabio padre.

“¡Ándale!”… lo tomó en sus manos… “Apúrate que vamos a ver a Mamá Pile”.

¿Cómo?…

Bueno, mi sabia madre salvó mis nalgas porque segundos antes, cuando el Negrón salió furioso por la falta de la navaja, ella le dijo… “Mirá qué bien te ves barboncito… muy varonil”.

¡Uffff!…

El Negrón no atentaría contra aquel atractivo, ni contra mi magro culamen.

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