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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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21 Octubre 2018 04:09:00
Migraciones
La semana que termina estuvo marcada por dos fenómenos de migración. Uno perteneciente a la picaresca política mexicana. La segunda, desgarradora, pone a prueba nuestra solidaridad y espíritu humanitario.

Políticos de larga militancia en un partido que les ofreció toda clase de oportunidades y cargos de elección popular, de pronto descubrieron que en realidad sus simpatías no estaban por el centro o el centro-derecha, sino en la parte izquierda del cuadrante. Si Kafka se hubiera ocupado de nimiedades, podría haber escrito: “Cuando despertó, el diputado azul Luis Fernando Salazar se vio convertido en moreno”.

Estas metamorfosis afectan no solamente a los ahora expanistas, también a antiguos priistas como Javier Guerrero, quien en unos cuantos meses sufrió dos ataques del síndrome de Kafka. Su fracaso en busca de la candidatura del Revolucionario Institucional al Gobierno de Coahuila lo transformó repentinamente en lo que el terreno de los deportes llaman “agentes libres”.

Derrotado en las urnas y en el desamparo partidista por su calidad de candidato independiente, al igual que Luis Fernando Salazar también despertó una mañana pintado de un inconfundible –mas no indeleble, suponemos– tono moreno.

Cambiar de opinión, se asegura, es de sabios, pero estos cambios despiden un tufo marcadamente oportunista. Ha sido una forma de treparse en el cabús de un ferrocarril que avanza incontenible con banderas desplegadas. En otras palabras: “Acercarse a donde calientan gordas”, según el antiguo lenguaje coloquial.

Por supuesto, los dos casos no son los únicos. Se prevé que la migración continúe e incluso se convierta en alud al paso del tiempo, conversiones justificadas por la canónica frase del “Tlacuache” Garizurieta: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”.

La otra migración, la de los hondureños que intentaron el viernes entrar por la fuerza a nuestro país con la idea de llegar a Estados Unidos, es un recordatorio más, por si se requería, de la situación angustiosa en la que mal sobreviven y el grado de desesperación de decenas de millares de hermanos centroamericanos. Atrapados entre la pobreza y la violencia, buscan una salida que de antemano saben llena de dificultades y peligros.

Este fenómeno migratorio enfrenta al Gobierno mexicano a un dilema, pues mientras nos rasgamos las vestiduras por el maltrato de que son objeto nuestros paisanos al norte del río Bravo, por el sur detenemos a millares de hombres, mujeres y niños que, empujados por el hambre o por el temor piensan en México como en una tabla de salvación.

Exigirles el ingreso cumpliendo los trámites puede considerarse justo. Sin embargo, no utilizamos la misma vara cuando se trata de connacionales que cruzan la línea fronteriza con Estados Unidos sin contar con los permisos correspondientes.

La avalancha de migrantes hondureños que todavía el sábado pugnaban por abandonar territorio guatemalteco para entrar a México, constituye la versión centroamericana de los ilegales mexicanos residentes en Estados Unidos. Lo único que distingue a unos de los otros es el lugar de nacimiento.

La disyuntiva es clara: o nos solidarizamos con quienes vienen o dejamos de quejarnos de la persecución y vejaciones que sufren nuestros paisanos en el vecino país del norte. Actuar de otra manera es reconocer que ya no somos el “traspatio de EU”, sino el “tapón migratorio de EU”, cuya eficacia, es de temerse, vino a comprobar el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo.
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