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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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30 Abril 2017 04:01:00
¿Moderador o crupier?
Las opiniones, la mayoría adversas, sobre los jugosos contratos del Instituto Estatal de Coahuila (IEC) con dos afamados personajes de los medios nacionales de comunicación –Ana María Salazar y Carlos Puig– para moderar el debate de los aspirantes al Gobierno de Coahuila se han centrado en el monto de los emolumentos recibidos por ambos. Cien mil pesos, según las noticias aparecidas en los periódicos, además de traslados y viáticos, por supuesto.

Debido a la desafortunada actuación de Ana María Salazar en el primero de los debates, los señalamientos contra el IEC arreciaron. A raíz de esto, hay quienes señalan que sería preferible invitar a un comunicador o a un académico coahuilense a moderar el segundo debate, aunque la contratación de Puig es ya un hecho.

Por un momento, dejemos a un lado el de-sembolso del Instituto –dinero proveniente de nuestros impuestos–, para cuestionar otro aspecto del asunto. Sin menospreciar el palmarés académico de la señora Salazar ni sus éxitos en los medios de comunicación masiva, cabe preguntar: ¿En realidad moderó el debate? ¿Le escuchó usted una sola intervención inteligente?

La respuesta es no. Dirán algunos que eso no le correspondía, que ella cumplió con ser testigo imparcial de lo que ocurría en el escenario. Que su deber, como el de Carlos Puig, es limitarse a ceder la palabra a quien corresponde, pues incluso los tiempos disponibles para cada aspirante los marca automáticamente cierto artilugio electrónico que da un pitazo en el momento en que al ponente le quedan 10 segundos de su tiempo, al término de los cuales enmudece automáticamente el micrófono.

En otras palabras, el moderador, cambiando lo que haya que cambiar, juega un papel muy parecido al crupier en la mesa de póquer o en la de black jack de un casino. Su tarea consiste en repartir las cartas en el orden debido, y hacerlo poniendo cara de palo. Con la ventaja, para el moderador del debate político, que no está entre sus tareas señalar el ganador de la partida. El crupier sí debe retirar el dinero de los perdedores y entregar la suma de dinero obtenida por el ganador.

Lo sencillo del trabajo hace posible importar un moderador previo desembolso de 100 mil pesos. Además, la importación tiene sus ventajas, pues si el contratado ignora si Coahuila se escribe con hache intermedia y carece del mínimo conocimiento, no digamos ya de la historia, sino de la realidad del estado, su imparcialidad está asegurada. Sin conocer el estado, ni sus problemas ni su potencial, mucho menos a los candidatos, seguramente todo le vale, dicen los muchachos.

Visto el moderador como un crupier encargado de repartir en un orden establecido por otros o por el azar el uso de la palabra, el pago que perciben parece aún más escandaloso. Y eso que el IEC no puede siquiera apelar a que su contratación tuvo como propósito aumentar el auditorio, pues no se trata de superestrellas capaces de atraer el interés de multitudes, son comunicadores que aparecen con cierta asiduidad en la televisión. Si el propósito es atraer un auditorio más nutrido, contraten a Luis Miguel, a Alejandro Fernández o a los Ángeles Azules, aunque sea sin orquesta sinfónica de respaldo. Será mucho más costoso, por supuesto, pero pueden asegurar un aumento exponencial del rating del debate

Ya fuera de bromas, el IEC debería cuidar estos detalles –el demonio está en los detalles–, más cuando su buen desempeño ha sido puesto en duda por algunos candidatos. Una institución de esa naturaleza, con una encomienda tan delicada, debe, como exigían los romanos a la mujer del César, no sólo ser honrada, sino también parecerlo.
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