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Carlos Moreira
Carlos Moreira
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14 Enero 2017 04:09:00
Modificar esquemas
Hace unos meses, a raíz de la victoria de Donald Trump, en una plática de amigos surgió la pregunta de ¿qué consecuencias traería consigo el cierre de fronteras para la migración ilegal? Inmediatamente dos personas, buenos amigos, preparados académicamente, comentaron que ello generaría graves problemas de delincuencia en las ciudades fronterizas de nuestro país; además de problemas laborales. Les inquietaba muchísimo el hecho de que se vayan a quedar en esta parte de la frontera los centroamericanos que transitan por México en busca de llegar a los Estados Unidos.

Discutimos un poco, les hicimos notar que ese es el pensamiento impreso en la bandera electoral del hoy presidente electo del poderoso vecino del norte, por esos argumentos votaron millones de estadounidenses, ese sigue siendo el discurso de Donald Trump. Al parecer pasaron de la preocupación a la vergüenza (aunque creo que no desapareció del todo el temor)

Nuestros vecinos del norte ven a centroamericanos, sudamericanos y especialmente a los mexicanos como un riesgo para sus empleos y como potenciales delincuentes. Algo parecido a la forma de pensar de muchos connacionales en relación con los ciudadanos de naciones del sur.

Entre los habitantes de los países de Centroamérica existe una amplia solidaridad y fraternidad, unos y otros se ven con aprecio y simpatía. A nosotros en cambio nos ven ajenos, como una nación soberbia y poco amigable. Nos ven como nosotros miramos a los Estados Unidos. Y seguramente ellos y nosotros tenemos razón en nuestra apreciación.

Cambiar nuestra política exterior es urgente y sumamente importante. Con los norteamericanos ya no existe opción de generar una sana amistad. No quieren ser socios, ni siquiera buenos vecinos. Estamos a unos días de que Donald Trump haga realidad nuestras más fuertes pesadillas. Y no me refiero a que aquí se queden los centroamericanos, sino que se vayan empresas, que huyan paisanos del otrora país de las oportunidades y regresen a nuestras tierras y no tengamos nada que ofrecerles; y que los que se queden allá no puedan enviar recursos a sus familiares de acá.

Algunos todavía piensan que aún se puede construir una buena relación con los Estados Unidos de Norteamérica. Y muchos más son los que creen que estamos muy por encima de las naciones del sur. Ambas ideas son falsas, son esquemas mentales que tenemos que modificar.

Nuestra política exterior debe transitar por la dignidad, pero nunca por la soberbia. Tenemos que construir puentes con Europa y Asia; pero también con el Caribe, Centroamérica y América del Sur.

Tenemos que cuidar la generación de empleos y aunque parezca muy difícil, también la paz social. Debemos trabajar al interior del país. Depender menos del norte, más del sur, de los otros continentes y sobre todo del interior del país, de los propios mexicanos.

Nuestros enemigos nos quieren divididos, pobres, sin fuerza. México se nota confrontado, con la brújula dañada.

El momento es complicado. Extremadamente complicado. Dependemos del petróleo, de las remesas de los paisanos, de la industria que envía productos a los Estados Unidos, del turismo. En los primeros tres temas estamos en un escenario fatal. Por si fuera poco, el consumismo se ha convertido en nuestra religión y el encono político la antesala de nuestra destrucción. Estamos ante la tormenta perfecta.

Necesitamos cambiar esquemas. De entrada nuestros esquemas mentales.
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