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Cristina Orozco
Cristina Orozco
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18 Febrero 2017 04:07:00
Monólogo como respiro ante los sucesos actuales
Mujer de mediana edad saca su burro de planchar y trae su ropa de plancha.

Hola, pared. Tengo asuntos que contarte, ¿sabes? Espero todo el día para platicar contigo. De hacerse público esto, seguramente me meterían en un manicomio. Todos tenemos cierto grado de locura, ¿no crees? El otro día leí que hablar sólo es de personas inteligentes, ¿será? Mira está camisa, ‘ta pa hacerla sacudidor, pero aguanta una puesta más. Quiero decirte que al fin me defendí, tuve una pequeña disputa provocada por quien te platiqué. Ya sabes, lo de siempre: me echa pleito por cualquier cosa. Es una, una mmmh, ¿cómo te digo? ¿Eh? “Tengo una opinión y juzgo todo lo que haces y todo lo haces muy mal”. Ese tipo de persona.

¡Harta! Estoy muy harta. Lo que te digo es un suceso recurrente. Soy atacada por declarar que hago siesta. Si lo ves desde mi punto de vista, debería, en el año 2017, declararse esta actividad como un derecho humano. En reunión, junta de trabajo, pláticas con las vecinas, al salir el tema de la siesta, critican tan saludable actividad. Desde el momento en que yo digo que me echo una siesta, primero, con un tono de ¡qué barbaridad!, exclaman: “¿Duermes siesta? ¡Qué huevona!”. Luego sacan el extenso cuestionario: “¿Te puedes dormir? ¿Cuánto rato duermes? ¿No te despiertas de mal humor? ¿No tienes nada qué hacer? ¿Por eso siempre tienes los ojos hinchados? Ah, ¿y babeas? ¿Te puedes dormir en la noche? A ti no te importa nada, ¿verdad? Mmmh”.

Respondo con mucho orgullo: “Sí, puedo dormir lo que se me da la gana, me despierto revitalizada, dormir es una de las cosas que tengo que hacer y lo hago. Lo de los ojos es otro asunto. Ah, y te guardaré tantita baba”, con eso se acaba el tema.

Te entero, pared, delante de más personas, irónicamente, fui delatada. Justo en el momento en que me retiraba sigilosa, calladita, desapercibida, con una voz acusadora, anunció: “¡Ajá! Mírenla, ¡ya se va a echar su siestecita! Mi cuerpo, mi voz, respondió ante la amenaza de ser juzgada una vez más. Respondí: “por rezago de sueño, necesidad física, costumbre, por genética, por defender este ritual ancestral he tenido que buscar horario, no ser notada, ser invisible, transmutar en la cobija: ser eso, el ente entre la sábana y la colcha. “Hay gente que se priva de grandes placeres, como el de descansar en la hora sexta (de ahí viene la palabra siesta). Sus beneficios: facilita la capacidad de aprendizaje, retención y el procesamiento de información. Dejen ya de asociarlo con un estilo de vida perezoso”, dije.

La costumbre de dormir una siesta mejora la atención, la productividad y el estado de ánimo. Una siesta diaria puede reducir un 37% el riesgo de morir de una enfermedad del corazón. En Estados Unidos, algunas empresas ofrecen cubículos para dormir la siesta en pleno centro de New York a 14 dólares por 20 minutos. Es un precio caro, a lo que está el dólar hoy en día, pero justo por los beneficios que se consiguen.

Existe la posibilidad de echarse una siestecita en el Empire State Building, dentro de unas cápsulas futuristas. Para acabar pronto con esto, la costumbre de echar la siesta mejora la calidad de vida.

Disparé esta información. Me miraban unas personas asombradas, otras con fingido interés y quien aparenta saberlo todo, me dijo: “por eso ya te vas, ¿no? ¿A la siesta?”. Mentí. Iba al baño, “¿Acaso tengo que explicarte los beneficios de esa actividad?”. Así estuvo, pared. Ya acabé de planchar. Me voy a echar la siesta.
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