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Enrique Martínez y Morales
Enrique Martínez y Morales
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Enrique Martínez y Morales Presidente del Colegio de Economistas de Coahuila, A.C. e-mail: [email protected] Twitter: @enriquemym

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09 Enero 2018 04:09:00
Moralidad equivocada
En economía no existen maniqueísmos. Las decisiones jamás son completamente buenas o completamente malas. Siempre habrá ganadores y perdedores, aunque pretende, generalmente, que sean más los primeros que los segundos. Sin embargo, el problema se agudiza cuando se atraviesan cuestiones subjetivas, como la percepción, la inercia y la moralidad equivocada.

Todos hemos escuchado hablar sobre la vaquita marina que habita las aguas del Mar de Cortés y está al borde de la extinción. Por increíble que parezca, este cetáceo no es el objeto principal de la pesca furtiva, sino el daño colateral de la extracción ilegal de la totoaba, pez que comparte hábitat con ella y cuya vejiga compran a precios estratosféricos los mercados asiáticos.

Supongamos que las autoridades detienen a un grupo de traficantes de vejiga de totoaba con varios kilos, valuado cada uno en decenas de miles de dólares. ¿Qué hacer con el producto? ¿Destruirlo o vendérselo a esos insaciables chinos que por darse un lujo frívolo no les importa extinguir nuestra fauna marina?

La mayoría preferiría la primera opción, la moralmente correcta, sin duda.

Pero la economía juega un rol que no debe menospreciarse. La venta de las vejigas generaría recursos importantes para financiar programas de conservación de la vaquita marina o extremar la vigilancia de la zona. Más importante aún: vender en un mercado específico un bien tan escaso hace caer su precio. Consecuentemente, los pescadores ilegales perderían interés en una empresa más arriesgada (por la mayor vigilancia) y menos rentable (por la disminución del precio).

El caso de la totoaba es exactamente similar al de muchos mercados, como el de los narcóticos. Cuando se incauta un cargamento de mariguana siempre es reducido a cenizas porque la moralidad impera. No se considera que así la droga se hace más escasa y, por tanto, más cara, generando un incentivo indeseado. ¿Por qué no sopesar, entonces, la posibilidad de exportarla a quienes la comercializan con fines medicinales en algunos de los estados que así lo permiten en la Unión Americana?

Sería una forma de generar importantes recursos fiscales dirigidos a programas de prevención a las adicciones o a mayor capacitación y equipamiento de las fuerzas del orden. Al bajar el precio del estupefaciente se desincentivaría su comercialización; por ende, bajaría la criminalidad.

Y si en vez de vejigas de totoaba se detiene a traficantes de órganos humanos que llevan un corazón para salvar una vida, ¿también habría que destruirlo por cuestiones morales?

Al final de cuentas, las decisiones económicamente morales son las que benefician a la mayoría.
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