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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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05 Enero 2017 04:00:00
Moreira, sin ir más lejos
Este es el final del tema que inicié ayer aquí mismo con una pregunta: por qué, si el ejercicio de la política en este país está tan desprestigiado, los políticos se disputan los puestos de la administración pública y aún pagan millonadas por que se les permita competir como candidatos, ya sea a presidentes de un municipio o el del susodicho país.

El ejercicio de la política es esa rama de la filosofía que procura el bien colectivo con el recurso de resolver en la práctica los problemas que plantea la convivencia de los hombres libres que integran una sociedad libre también. Actividad noble por excelencia, la política se avoca al bien común al crear, cumplir y hacer cumplir un entramado de leyes que procuran, que consiguen, la aplicación de la justicia y la adecuada distribución de bienes y servicios en beneficio de la comunidad, esencia que es de esa misma justicia.

Esto en la teoría clásica, porque ya en el terreno de los hechos y de forma concreta en nuestro país, la conducta de la burocracia política se aparta de la definición clásica y con sus acciones descompuestas se acarrea el desprestigio y la mala voluntad de unos gobernados que observan, impotentes por la ignorancia en que los mantiene ese mismo sistema político, cómo los tales que integran esa burocracia anteponen el medro personal y de grupo a los intereses colectivos. Es México.

Pero si hasta ese grado ha llegado la claque política a desprestigiar la actividad de la administración pública y a granjearse el repudio de la comunidad, ¿por qué ese pleito feroz por un puesto burocrático dentro de la administración pública? Por  una razón más que evidente, mis valedores: el acceso a los dineros públicos. La clave de las luchas políticas se localiza en el elemento económico, sin más. Política y economía son dos hermanos siameses casi imposibles de separación. Tras el poder político se descubre de inmediato el verdadero y profundo motivo de la lucha por ese poder: el acceso al dinero del erario público, que de no producir tan sustanciosas ganancias personales y de grupo difícilmente se motivaría esa fiebre compulsiva del político por acceder al poder. La economía personal constituye un asunto de posesión y reparto de  la riqueza común, donde la política no significa más que una vocación secundaria. La codicia por el medro económico dentro y fuera de la ley es la razón principal de la lucha política en el país, y no más. Ahí, para atestiguarlo, la riqueza ilícita de los Salinas, Montiel y congéneres. Nauseabundo. (¿Y nosotros, en tanto? ¿Nosotros qué?)

Así pues, los gastos aberrantes que perpetran, sé lo que digo, los voraces de la Presidencia del país y los poderes Legislativo y Judicial, de las gubernaturas y el resto de las instituciones que concretan el Sistema de poder, son actos de corrupción, por supuesto, pero quién pudiese criticarlos, si “la corrupción es un tema casi humano que siempre ha estado presente en la historia de la humanidad”. (Peña lo dijo.)

A propósito: los periodistas que en aquella conferencia de prensa escucharon que la corrupción es “un asunto social y cultural, un tema casi humano”, ¿algo replicaron a Peña, algo le contradijeron y con razones  de peso lo hicieron rectificar asertos tan delirantes, que parecían destinados a la justificación de las casas blancas y de otro color? ¿Alguno replicó? ¿Alguno puso en entredicho la afirmación presidencial?

El periodismo, mi oficio. (Uf.)
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