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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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09 Diciembre 2017 04:00:00
Mover a México
Me quedo con buen ánimo sobre lo escuchado hace unos días, afirmaba el comentarista porque, aseguró, una vez lanzados tales compromisos será difícil que la sociedad mexicana, cada día más exigente, renuncie a reclamar su cumplimiento.

Pero sucede en México: una y otra vez, al modo de Sísifo, las masas sociales a cargar el piedrón sexenal, que ya en la cima de la montaña caerá a plomo para que todos nosotros volvamos a levantarlo a lo largo de seis penosísimos años, y una vez en la cresta de la montaña alguien nos venga a decir: ahora sí, esta fue la última vez que se cae la Peña. Se terminó para ustedes esa maldición. Porque a Peña tocaba el turno de las promesas, y el comentarista, vocero oficioso del Sistema, al tanto más cuanto contagiaba su optimismo a los pobres de espíritu. Hoy es un Meade quien promete volver a México potencia mundial. Nada menos. Total, se trata de ventosear promesas, entre más delirantes, más fáciles de creer por aquellos a los que sólo les resta su esperanza. Una potencia mundial. ¿De encaramarse en Los Pinos, en qué momento comenzará a desilusionar a esas masas que desprecian o no conocen la Historia? Esta relación conflictiva me recuerda el relato de Los Mensajeros. Su síntesis:

En alguna villa miseria vivían ciertos pobretes obligados por el gobierno a financiar un programa de vuelos espaciales. Parte integral de ese gobierno, la televisión juraba a los lugareños que eran ellos mismos, por medio de sus astronautas, los héroes conquistadores del cosmos. Los payos se tragaban esos opiáceos y pagaban dobles impuestos. Así manipulados sobrellevaban miseria, avitaminosis, enfermedades y analfabetismo, y al sentirse héroes del cosmos copulaban con bríos renovados mientras sus mujeres imaginaban que un astronauta se las llevaba más allá de Venus y el hambre, de la desesperanza y el sufrimiento. Eran potencia mundial.

Pero de repente ocurrió que la nave espacial en la que los desarrapados habían puesto su esperanza irracional se desplomó entre las malolientes cabañas. “¡Cómo dimos de alaridos! El sordo terremoto nos hizo llorar a tantos ilusos y dependientes y fueron acres y tristes nuestras lágrimas de decepción. En pocos minutos, nuestro ángel de la esperanza se había reducido a un gusano de fierros retorcidos. Chapoteando en el fango de la explosión nos fuimos acercando, rodeando metales. Fue horrible nuestra pena y amargo el llanto por la promesa incumplida. No habían sabido estar a la altura de nuestra dignidad. Nos acercamos. ¿Por qué se insultaba nuestra fe en esos en los que habíamos delegado? Decidimos saquear el templo de la esperanza frustrada para que la ira divina cayese sobre nosotros, eternos perdedores. Con furiosa energía saqueamos todo. Al amanecer sólo quedaban cenizas de lo que fue nuestra nave espacial.

Ya no seguimos con la mirada a los héroes conquistadores. Hemos vuelto a la vida de antes: rebuscar desperdicios, robar a transeúntes, fornicar toscamente. Despreciamos a nuestros héroes. Les hemos perdido la fe. No han tenido la dignidad de quienes delegamos en ellos. Y cada vez que sorprendemos a uno de nuestros niños mirando hacia el cielo le pegamos con odio y sin misericordia”. (Pero ahí viene Meade).

El mexicano, mis valedores, pasa su vida delegando en sus astronautas. No crece, no asume, delega siempre. Delegó en Echeverría y sucesores, y venga la desilusión, como delegó en el que prometía Mover a México. ¿Y? Pero mañana Meade, como ayer López Portillo, nos va a pedir que aprendamos a administrar la abundancia.

¿Y nosotros? (Bueno).
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