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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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19 Octubre 2017 04:00:00
Muerte chiquita
Nunca me había pasado. Nunca había experimentado una sensación próxima a la muerte chiquita. Y nunca imaginé que podía sucederme en un restaurante en París.

Eric y Michelle, su esposa, me invitaron a comer. A pesar del típico tráfico, llegué puntualmente a la cita. El restaurante, decorado al estilo de la Belle Époque, estaba lleno. Mientras me dirigía hacia donde se encontraban mis amigos de hace muchos años, me llamó la atención que prácticamente en todas las mesas, muy cerca una de la otra, los comensales no dejaban de platicar frente a sus respectivos platillos pletóricos de todo tipo de carnes, pescados, ostiones, patés, sopas, ensaladas, quesos, etcétera, etcétera. El típico ambiente de restaurante francés no podía ser más seductor.

Mis ganas de disfrutar al máximo la gastronomía gala hicieron que todo lo que veía y olía se me antojara. Mis amigos estaban ávidos porque les contara acerca de los temblores, los huracanes y de los padecimientos de los damnificados. Igualmente me preguntaron a propósito de las próximas elecciones presidenciales, del muro de Trump y de nuestra difícil relación con Estados Unidos. Y yo quería saber qué pensaban de Macron, de Angela Merkel y del terrorismo. De todo esto platicamos durante el aperitivo.

Finalmente, un maître d’hôtel impecable nos trajo el menú. Et vous, madame?, me preguntó. Opté por unos espárragos y un filete con papas fritas. Mientras esperábamos la comida, les pregunté qué exposiciones me recomendaban. “La de Gauguin, El Alquimista y la de Picasso 1932”, me recomendó ella. Y él, amante de la música, me sugirió fuera a escuchar jazz al “bar Alternatif”. Terminamos las entradas y llegaron los platos fuertes.

Cuando comí el primer bocado, curiosamente, la carne me pareció un poquito dura. Entre más la masticaba, más me parecía difícil de tragar, sin embargo la engullí con cierta dificultad.

Súbitamente me di cuenta que se me había atorado, estaba bloqueado, lo que me impedía respirar. Me estaba asfixiando por atragantamiento. Me incorporé de un brinco. Por más que trataba de respirar, no podía. Me estaba ahogando. Dios mío, creía morirme. Mis amigos no sabían qué hacer.

Eric me daba palmaditas en la espalda, Michelle me acercaba el vaso de agua, pero no podía tragarla, me estaba asfixiando; era como si en esos instantes, alguien me hubiera hundido la cabeza en las profundidades de una alberca. Tenía las vías respiratorias totalmente obstruidas. Por una extraña reacción empecé a caminar, como podía, por entre las mesas, me estaba muriendo. Era como si estuviera pidiendo auxilio. Algunos meseros vinieron a ayudarme, pero sin saber realmente qué hacer.

Los comensales me miraban sorprendidos, pero nadie hacía nada. Me estaba muriendo por asfixia. Tenía la tráquea totalmente obstruida. De pronto, sentí que había pasado del otro lado y que me alejaba de la vida. Veía a Eric y a Michelle pálidos y muy lejos. Ellos estaban vivos del otro lado de donde me encontraba, mientras que yo me estaba muriendo sin que ninguno de los dos se diera cuenta de que había pasado del otro lado. No podía llorar, ni gritar, ni hablar, ni quejarme, pero sobre todo, no podía ¡¡¡respirar!!! Me estaba muriendo. Quería que alguien me diera una cachetada con todas sus fuerzas para poderme despertar de esa pesadilla. De repente, alguien me alcanzó un vaso de agua y con toda la voluntad del mundo, tragué y tragué hasta que sentí que el pedazo de carne se desalojaba. Comencé a respirar y a llorar porque ya no estaba del otro lado... el de la muerte. Minutos después, mis amigos y yo empezamos a hacer chistes: “deberías de ser vegetariana”, “a partir de ahora, te sugerimos que comas nada más omelettes…”.

De regreso al hotel me pregunté cómo nadie en el restaurante, ni meseros, ni ningún cliente de un país civilizado conocía “la maniobra de Heimlich”, llamada también “compresión abdominal”, que consiste en abrazar por la espalda fuertemente a la asfixiada, colocando las manos entrelazadas al nivel del diafragma (boca del estómago) hasta que escupa el trozo de alimento que le causa asfixia. Si hubiera estado Enrique, él lo hubiera hecho. Esto debería de ser una norma en todos los restaurantes del mundo, que por lo menos siempre hubiera una persona entrenada para estos casos.

Por otro lado, qué bueno que todavía no me tocaba... y que viví para contarlo.
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