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Dalia Reyes
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02 Noviembre 2018 04:00:00
Muerto del rancho
A la distancia, los panteones pueblerinos parecen todos iguales. No es así, cada uno tiene sus historias propias y las formas heredadas por la costumbre local para recordar a sus parientes apresurados en comprobar la realidad de su fe. Pero algo ha venido a cambiar esos bonitos modos.

En el pasado, sepultar a los muertos consistía en volverlos a la tierra, entregarlos a la naturaleza que se encargaría de darles vida nuevamente: la mitad en el cielo, la otra mitad, en la tierra misma. Los pobres sabían, solo en esos momentos, que eran exactamente iguales a los ricos, pues unos y otros florecían tal cual en las mismas flores.

Pero antaño había algo diferente a hoy: vivos y muertos quedaban avecindados en el mismo pueblo. Ahora, a veces ventaja a veces no, los más jóvenes emigran a las ciudades para vivir y regresan, ya grandes, a los ranchos para morir. Entonces la gente nueva se empeña en dar reflectores a su cariño ya no dejando que la tierra les florezca a sus difuntos, sino dejándole muerta bajo placas de cemento.

Los panteones de los pueblos chicos apenas emergen de la tierra; en los pueblos grandes, la vista abierta se ve coartada por construcciones de simples a suntuosas pero todas, eso sí, innecesarias. Las flores, entonces, son de papel y tela a falta de sustrato.

El otro día que fui al rancho, pregunté sí yo, hija adoptiva de ese lugar, podría aspirar a morir por siempre en su panteón. Me dijeron que sí. Pero yo, limosnera y con garrote, les pedí de favor y en última voluntad, no me pudiera techos ni columnas, no quería ventanas ni muretes a los lados. ¿Para qué si uno busca estar mirando siempre la limpidez del cielo y la oscuridad del suelo que allá viven todavía?

Hay algunas tumbas envueltas en baldosas, con rejas en los vanos y puertas de metal frente a las cruces. Y donde que nadie entra a molestar muertos ajenos en los ranchos. No entiendo tanto empeño en un lugar de donde nadie se puede salir y nadie se quiere meter.

Yo, la mera verdad, sí quisiera, aunque sea hasta entonces, después de muerta, ser libre para andar del tingo al tango, aunque sea con la mirada.

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