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Dalia Reyes
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21 Abril 2017 04:00:00
Muy carbón
Mis mejores esfuerzos han sido insuficientes para comprender el asunto relativo a los bonos de carbono.

Un bono de carbono incluye: Adaptación natural al cambio climático, alejamiento de la amenaza en la producción de alimentos, desarrollo económico sostenible. Lo más admirable es que el bono, en sí, no se palpa, no se ve, no se escucha; es una entelequia.

Bien visto, es tan incomprensible como las garantías.

Las garantías no radican en el papelito que acompaña el producto adquirido. Para empezar, son entregados junto con la advertencia de que se le borrarán los números después de ocho días o de uno expuesto al sol, lo que suceda primero. ¿La desaparición de los números se lleva consigo la vida útil del objeto? En realidad el documento es nada más la presencia palpable de una promesa.

En primer término, garantía es una “fianza”. En el mundo terrenal, la fianza es algo que debe pagar quien es, si no culpable, por lo menos sospechoso; es decir, implica que adquirir un objeto o un servicio conlleva la posibilidad de su ser fallido.

En segundo término, dice el diccionario, garantía es una cosa que asegura o protege contra algún riesgo o necesidad; es decir, que el acompañamiento de ella es la aceptación de lo imperfecto en aquello que recién nos vendieron como insuperable.

Desconozco cómo evolucionó este tema
en la historia de los mercaderes, pero asumo que la señal de tener garantía por algo pasó de ser una certeza a una incertidumbre autorizada, es decir, se transitó de un “te lo garantizo” a un “tiene garantía”. El primero llevaba implícita la infalibilidad de la palabra; el segundo, se cura en salud al aceptar que se corre el riesgo de que las cosas no salgan como uno lo deseara.

El negocio de la garantía es el miedo certificado, la duda oficializada, la falencia regular en todas las cosas que tienen garantía.
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