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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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05 Noviembre 2017 04:01:00
Muy mezquino
Aquel 1 de diciembre de 2011, el ambiente en el abarrotado salón de Villa Ferré era distinto al de cualquier otro acto de toma de posesión de un gobernador de Coahuila en la era moderna. Rubén Moreira Valdez asumió el Gobierno estatal en el marco de un escándalo que envolvían a su antecesor Jorge Torres López y a Humberto Moreira, en ese momento todavía presidente nacional del Partido Revolucionario Institucional; dejaría de serlo dos horas después.

Alejandro Poiré, secretario de Gobernación, asistió con la representación del entonces presidente Felipe Calderón, pero los reflectores estaban dirigidos hacia Enrique Peña Nieto, el aspirante mejor posesionado en busca de la candidatura presidencial por el PRI. El secretario Poiré era el pasado; Peña Nieto, el futuro.

Inmediatamente después de hacer el juramento de rigor, Rubén Moreira Valdez produjo un discurso en el que incluyó con especial énfasis una frase: “De la seguridad me encargo yo”. La expresión fue recibida con un denso escepticismo por parte de la mayoría de los presentes. Escepticismo explicable. Coahuila atravesaba entonces por la más terrible etapa de violencia cuyo antecedente más cercano era la Revolución Mexicana.

No es exagerado decir que el Estado ardía en llamas. La delincuencia se había apropiado de las calles de las principales ciudades, e incluso de pueblos enteros. Aunque se desconocían detalles acerca de la magnitud de la masacre perpetrada en Allende y de los asesinatos cometidos en el interior de la cárcel de Piedras Negras, cualquier ciudadano más o menos enterado tenía información fragmentaria de ambos sucesos.

Información transmitida de boca a boca, pues los medios de comunicación, aherrojados por el miedo a las represalias del crimen organizado, callaban cualquier noticia que pudiera provocar la ira de los delincuentes.

En esos días –no debemos olvidarlos– a partir de las 10 de la noche las calles de Saltillo y demás ciudades del estado lucían desiertas. Por cuestiones de trabajo, quien esto escribe acompañaba a cenar a conferenciantes y artistas provenientes de la capital del país. Al término de la cena, la soledad de las calles y aún de las principales avenidas constituía una señal inquietante. Este escribidor debe confesar que, normalmente respetuoso de las reglas, por primera vez cruzaba bocacalles con el semáforo en rojo ante la eventualidad de que un auto tripulado por los “malos” se le emparejara mientras esperaba el verde.

“De la seguridad me encargo yo” era, en tales circunstancias, una promesa riesgosa, casi descabellada. Empresarios, funcionarios públicos y legisladores coahuilenses optaban por rentar casa en Estados Unidos para enviar a sus familias a sitios más seguros.

Eran los tiempos en que los puentes elevados servían a los criminales para colgar a sus víctimas, las frecuentes balaceras regaban de sangre el asfalto y, para decirlo como Artemio de Valle-Arizpe, eran los tiempos en que el sosiego se fugó de nuestras vidas.

Hoy, poco antes de cumplirse seis años de aquella ceremonia de toma de posesión, Coahuila es una isla de tranquilidad en medio de una geografía dominada por la violencia. No estamos en Islandia ni en Suecia, es cierto –además, nunca lo estuvimos–, pero ya a casi nadie le espanta salir a la calle durante la noche.Al final de cuentas debemos reconocer que Rubén Moreira Valdez sí se encargó de la seguridad. Cumplió la promesa que muchos dudaron pudiera cumplir. No reconocerlo resultaría mezquino. Muy mezquino.
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