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JC Mena Suárez
JC Mena Suárez
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27 Julio 2017 04:00:00
Nada vale tanto como la experiencia
Al andar por las calles y leer los anuncios en los periódicos podemos ver que hay mucho empleo, pero en la mayoría de ellos hay una constante: “con experiencia…”.

Lo más importante para la mayoría es que cuenten con algunos años de aprendizaje y capacitaciones para que no cometan errores al realizar su trabajo. A las empresas estos les pueden salir muy caros o causarles daños considerables que pueden afectar el proceso de producción, con lo que no cumplirían con lo pactado con los clientes.

Tenemos el caso de una panificadora en Monterrey que comenzó con una gran inversión para producir pan de caja: todo era automático, lo más moderno en todos los aspectos. Veíamos que en los periódicos solicitaba ingenieros en alimentos, invirtió grandes cantidades en comerciales que generaron mucha expectativa. En fin, se le veía como la empresa que competiría contra la principal panificadora nacional.

Sin embargo, la empresa fracasó. ¿Por qué? Los ingenieros en alimentos que iban a manejar la fábrica siguieron un manual de los fabricantes de la maquinaria. La empresa debería haber traído a un panadero experto de Estados Unidos para que echara a andar la fábrica y le diera el punto exacto, con su experiencia. Tal vez hubiera encontrado un resultado mucho mejor modificando la fórmula, subiendo o bajando los aditivos o conservadores con base en lo que sabía.

El día que salió al mercado estuve en Monterrey y en los supermercados había góndolas repletas de ese pan y edecanes dando a probar, pero este tenía un sabor amargo como a lámina y pintura; tal vez excesivos conservadores o aditivos. Después de esto ya no volvimos a comprarlo, les faltó la experiencia. Los ingenieros tenían muchos conocimientos, pero no sabían darle el punto al pan.

Otro ejemplo. En los años 40, en Saltillo estaba una planta de luz en la calzada Madero y por las ventanas veíamos cómo giraban unas turbinas negras, pero como ya eran muy antiguas, tronaron y vinieron los apagones. En ese entonces la mayoría de la gente usaba lámparas de petróleo y carburo, pues nos quedábamos sin luz hasta tres noches a la semana.

Luego trajeron una planta de emergencia montada en un carro de ferrocarril, pero hacía mucho ruido a pesar del enorme silenciador que tenía, casi del tamaño de un carro, y la gente protestaba por ello.

Después trajeron una termoeléctrica suiza que estaba donde es actualmente la entrada del estacionamiento de dicha planta y por fin dio solución a los apagones. Le pregunté a uno de los electricistas que vino cuando la echaron a andar que cómo les fue, y dijo: “Pues jala, le dio el visto bueno un norteamericano, pero ojalá se lo hubiera dado un suizo”.

Volvemos a decirlo: Nada vale tanto como la experiencia.
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