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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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24 Diciembre 2017 04:00:00
Navidad profunda
Llega esta maravillosa época del año. Hoy todos tenemos permiso de volver a creer en la magia de las cosas, como cuando éramos niños.

Una fecha cuyo origen y manifestaciones debieran ir de la mano, pero no siempre sucede así. En momentos nos gana la fiesta de los sentidos por encima de la reflexión profunda del corazón.

Llega Jesús Niño que nace entre pajas en Belén. Él, quien somete su majestuosidad de rey a los rigores de la pobreza, para que ni el más sencillo tenga temor de aproximarse ante su presencia.

Todos nos remontamos a nuestra infancia para dejarnos deslumbrar por esos misterios inexplicables que fascinan. Desde las luces de Bengala cuyas chispas se esparcen para iluminar la noche, hasta el misterio del amor de Dios que da la vida por nosotros.

Esperamos el momento en que la piñata cargada reviente su panza para regalarnos fruta y colación, después de haber representado a los peregrinos José y María que finalmente hallan posada.

Este es momento de reunión familiar, ocasión para dejar atrás las pequeñas diferencias capaces de abrir zanjas irreconciliables entre hermanos. ¿Qué sitio más precioso para el corazón que el hogar? ¿Qué amor más grande que el de la familia?

Tiempo para vernos reflejados en la mirada de los niños pequeños que esperan con ilusión la fiesta de Navidad. Momento de gozar como ellos gozan, de agradecer a la vida tantas bendiciones que nos ha regalado a lo largo del año.

De igual manera, es la ocasión para aprender a bendecir aquellas dificultades que nos permiten valorar al doble la vida, la salud y la familia. Escollos que ayudan a medir de qué somos capaces, que contribuyen a enfocarnos en lo que es en verdad valioso, y así avanzar en nuestro crecimiento personal.

¡Qué maravilloso poder dar algo de nosotros mismos para contribuir a la alegría de otros! Sacudirnos el propio interés en aras del beneficio de quien más necesita, y así percibir la experiencia transformadora de la generosidad.

Sea la fiesta que hoy vivimos, una oportunidad única para descubrir las necesidades reales de nuestros hermanos, con el propósito de dar un sentido sanador a nuestra dádiva.

Conservemos en mente el carácter de la celebración, evitando caer en excesos que pudieran derivar en tragedia.

Organicemos nuestro programa para librarnos de prisas que en esta temporada provocan tantas malas experiencias. Por momentos nos gana la precipitación y actuamos hasta con furia.

Se trata de disfrutar con quienes más apreciamos, pero sobre todo, pasarla bien cada quien consigo mismo, y los apremios no son la mejor forma de hacerlo.

Recordemos hoy esos lejanos goces de la infancia. La manera cómo las pequeñas cosas nos ponían tan felices.

No desvirtuemos el sentido último de la celebración, que es el amor más grande.
Vivamos una fiesta congruente entre el gozo cristiano que festejamos y el modo como lo hacemos.

Seamos gentiles con el medio ambiente, cuidemos nuestro planeta. Que el amor que prodigamos consiga cubrir hasta donde nuestra vista alcance.

Disfrutemos al máximo aquello que podamos comprar con sensatez. Evitemos compromisos económicos que generan malestar al término de las fiestas. Lo más importante es la convivencia, el encuentro con aquellas personas que nos valoran por lo que somos y no por otra cosa.

Vivir es el gran milagro que se lleva a cabo en la intimidad de nuestras células cada día. Tener salud implica la armonía entre procesos maravillosos que se realizan en el interior de nuestros cuerpos para proveernos de bienestar, entendimiento y una sensibilidad capaz de traspasar las murallas de nuestro propio yo. Esos son los milagros por los cuales nos corresponde agradecer día con día.

Tener la promesa de una vida después de la muerte es encontrar un propósito más allá de nosotros mismos, para hacer lo que hacemos con redoblado entusiasmo, ciertos de que lo que hoy emprendemos aquí es una forma de sembrar eternidad.

Jesús Niño viene a decirnos que las mayores riquezas del ser humano radican en su corazón, y que los afanes de posesión no apuntan en ese sentido.

Con la sencillez de niño con que hoy invita desde las pajas a revestirnos, es como Jesús ha prometido que se entrará al reino de los cielos.

Así, en el silencio, en un momento de recogimiento frente al prodigio del amor más grande, ofrezcamos desde nuestro corazón, aquello que ayude a que otros crean en el amor de Dios de viva forma.

Seamos congruentes entre el motivo de la celebración y nuestra forma de festejar. Entre la pobreza del que llega para salvarnos y lo que gastamos para la ocasión. Entre el amor que celebramos y nuestro modo de manejarnos en esta temporada.

Deseo para cada uno que el milagro del amor transformador se instale en su vida y en su hogar esta noche para siempre.

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