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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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22 Mayo 2017 04:00:00
Ni ángeles ni demonios, sino personas con principios
En momentos como el actual, cuando las personas y sus sociedades adoptan con mayor frecuencia y menor recato conductas y actitudes que transgreden la dignidad de otras, ya sea de modo activo o pasivo (no se olvide que la fraternidad es un deber primario sin excepciones ni que la indiferencia también tiene efectos), es vital repasar la historia, refrescar la memoria y zarandear a la conciencia.

La historia de la humanidad es sobre todo la historia de los reclamos y las luchas por la aceptación de los valores, los de todos en la misma medida y con igual posibilidad real para todos de ser tratados de acuerdo con ellos. Las naciones han evolucionado a partir de reconocer valores y consagrarlos en la forma de principios. Y han sido, precisamente, los principios los que han permitido a las personas superar la confrontación y la violencia, e instaurar formas armónicas de convivencia.

Los principios emergen de la sociedad en la forma de valores y vuelven a ella con el traje de derechos y garantías. Son los principales causantes de la paz y el desarrollo armónico de los pueblos y sus individuos. Cuando las personas estiman que algo (determinada conducta o situación, por ejemplo) es valioso por ser bueno para todos, a ello lo reconocen, de hecho, como un valor. Después, cuando ese valor adquiere una aceptación generalizada, es acorde con los parámetros de la moral y la ética, y ha demostrado mediante la experiencia (directa o indirecta) su necesidad o conveniencia, es elevado a la categoría de principio. Así, algunas prácticas sociales se convierten en valores, los valores en principios y los principios detonan normas de las que derivan reglas que imponen ciertos deberes.

Aristóteles, quien identificó a todas las causas como principios, dedicó una parte de sus reflexiones a este tema. Partiendo de las acepciones más básicas –como que “principio” es el punto de una cosa desde donde alguien puede comenzar a moverse o aquel desde donde cada cosa puede hacerse del mejor modo–, advirtió que, siendo unos intrínsecos y otros extrínsecos, son principio la naturaleza, el elemento, la inteligencia, el designio, la substancia y la causa final.

Immanuel Kant, uno de los pensadores que realizó las aportaciones más trascendentales en este campo, atribuye la existencia de los principios, en prácticamente todos los casos, al entendimiento puro, derivado del conocimiento, el cual, señala, siempre empieza por los sentidos; es decir, como producto de los buenos acuerdos derivados de la razón humana, afianzados y arraigados a través de la práctica constante.

Además de proteger aspectos fundamentales de la persona en lo individual y en lo colectivo, los principios poseen otra función sustancial: orientar y, en el mejor de los casos, vincular, la forma en que las normas (jurídicas, éticas, morales, sociales, etc.) deben ser interpretadas, o sea entendidas. De ahí que uno de los estudiosos más reconocidos del rol de los principios en el terreno jurídico, Robert Alexy, los defina como “mandatos de optimización”. Lo que significa que una norma o la disposición que contiene debe ser leída y aplicada de la mejor forma, la más conveniente para la persona que se encuentra en algún supuesto. Los principios, vistos así, son un recordatorio permanente y amplio para las personas responsables de aplicarlos en cada caso concreto, sobre el bien o los bienes más importantes protegidos por una norma, así como la intención originaria y máxima de dicha protección.

En suma, los principios rigen, por eso no se puede vivir sin ellos. Esto es así porque están cargados de todo aquello que es sublimemente valioso para las personas y porque implícitamente traen consigo los fines más nobles de la humanidad. Son como recipientes depositarios del contenido más vital para asegurar la convivencia social armónica y el desarrollo libre de todas las personas. Cuando alguien los ignora, niega, desestima o, con sus actos, los pisotea, debe llamársele la atención y, mediante la vía legítima que sea procedente, evitar que lo vuelva a hacer. Una de las características de los principios es que son universales, por eso cuando se atacan los principios de una persona, se atacan los de todos.

Respetar los principios significa practicar los valores, los valores que les dieron vida. Para hacerlo es importante conocerlos y saber la forma en que se manifiestan en la vida diaria, en lo cotidiano y ordinario. El experto en desarrollo humano y liderazgo Stephen R. Covey comparte una serie de principios cuya eficiencia trasciende en las personas y en el tiempo, y que, además, colocan a quienes los practican en el camino de la sabiduría; aquí algunos de ellos: responsabilidad, equilibrio, empatía, integridad, amor, autodisciplina, confianza, verdad y visión.

Lograr una vida basada plenamente en principios requiere estar conscientes de la naturaleza humana, conocer y comprender a las otras personas e identificarse con ellas, para percatarse de que no hay ángeles o demonios, sino seres diferentes, con historias, intereses, incentivos, sentimientos y capacidades distintas, no radicalmente, sino gradualmente. Covey lo plasma así: “La gente con principios no es extremista. No piensa en términos de todo o nada. No divide las cosas en bueno o malo, blanco o negro. Más bien, ve continuidades, prioridades, jerarquías”.
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