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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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10 Junio 2018 04:00:00
Ni tragedia ni farsa
De cumplirse los pronósticos de las encuestas, después de 18 años de comprar talonarios completos de boletos, por fin, el 1 de julio Andrés Manuel López Obrador podría ganar el primer premio de la rifa del tigre. El persistente tabasqueño, siempre según los encuestadores, está a punto de ver coronado su añejo sueño de ser Presidente. Un sueño que en las actuales circunstancias puede convertírsele en pesadilla.

Además de los retos que eventualmente ha de enfrentar si gana la elección: inseguridad, corrupción, agresividad de Donald Trump, devaluación del peso –los economistas dicen “deslizamiento”– y lo que se acumule de hoy al día de la toma de posesión, AMLO deberá responder a las expectativas que él mismo se encargó de sembrar entre sus simpatizantes. Y ya se sabe, la esperanza caduca pronto cuando la realidad no le corresponde.

A esto debe sumarse un problema de gran calado que Carlos Loret de Mola consignó en una de sus recientes columnas: armonizar, ya en el poder, a un equipo de campaña compuesto de las más diversas y a veces contradictorias tendencias ideológicas. Mezcla donde caben desde el radicalismo de Paco Ignacio Taibo II, amenazando con la expropiación de industrias, hasta la actitud proempresarial de Alfonso Romo, para no hablar de ese ente llamado Partido Encuentro Social y su religiosidad medioeval.

Decía Carlos Marx que “la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa”. Pues bien, sin afán de forzar paralelismos, la situación en que se verá colocado López Obrador, de llegar a Palacio Nacional, guarda semejanzas al arribo al poder de uno de sus santones cívicos, don Francisco I. Madero. Después de provocar una euforia nacional, ya en el Ejecutivo federal el coahuilense fue incapaz de cumplir las expectativas de gran número de personajes que lo apoyaron y lucharon en la revolución.

Y en política, es bien sabido, el amigo desengañado se torna enemigo irreconciliable. Madero sufrió en carne propia este aserto. Dos ejemplos: Emilio Vázquez Gómez, perfilado para la vicepresidencia, y Pascual Orozco, uno de sus primeros seguidores y coautor, con Francisco Villa, de la toma de Ciudad Juárez, victoria revolucionaria que marcó el final del Porfiriato. El doctor Vázquez Gómez fue sustituido por José María Pino Suárez en la fórmula presidente-vicepresidente, y Orozco se desencantó cuando Madero le ofreció un puesto que él consideró muy menor para el tamaño de sus
merecimientos.

Ambos, de aliados desde la primera hora se volvieron feroces enemigos de Madero. Vázquez Gómez hizo una muy eficaz labor de zapa debilitando al régimen, y Orozco fue de los primeros en levantarse en armas contra don Francisco. Y no fueron los únicos. Con ser tan grande el aparato burocrático que depende del presidente, su amplitud resulta insuficiente si la fila de quienes creen tener derecho a una tajada del pastel del poder es tan larga.

De triunfar en los comicios, López Obrador requerirá de una enorme habilidad política para convertir la heterogénea turbamulta que lo apoya en su campaña en un equipo de trabajo capaz de marchar en pro de un objetivo común, a pesar de las diferencias ideológicas. Cosa nada fácil, por supuesto.

Esperemos, por bien del país, que, de llegar López Obrador al poder, la sentencia de Marx no se cumpla y que la historia no se repita ni como tragedia ni como farsa.

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