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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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29 Abril 2018 04:05:00
No confío
Obligado por las circunstancias, debo rescatar algo de mi biografía para dar sentido a lo que hoy escribo. Principio: pasé un tramo inolvidable de mi juventud en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Autónoma de México (Antigua Academia de San Carlos), instalada todavía en su majestuoso edificio neoclásico en el cruce de las calles de Moneda y Academia, donde la Victoria de Samotracia nos daba todas las mañanas los buenos días.

Eran los años 50 del siglo pasado. Dos de los tres grandes de la Escuela Mexicana de Pintura, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, empezaban a ser cuestionados por jóvenes que formarían después la llamada “ruptura”. José Luis Cuevas acababa de acuñar aquello de “la cortina de nopal”, burlándose de la temática nacionalista de los muralistas, la cual, aseguraba, impedía la entrada al país de influencias estéticas renovadoras venidas del extranjero.

En el mundo del arte era inocultable la efervescencia anunciadora del cambio, pero San Carlos era una burbuja. Allí Diego y Siqueiros seguían siendo gurús intocables. De cuando en cuando dictaban conferencias en la escuela. Hablaban algo de pintura y mucho de política. Ambos, como se sabe, profesaban ideas radicales de izquierda y militaron en el Partido Comunista Mexicano, en ese tiempo una organización clandestina.

Años después, con algunos compañeros de estudios recordábamos el ambiente que privaba entonces en la Academia. Uno de ellos explicó bromeando la semilla de su simpatía nunca desmentida por el socialismo: “Es que sólo había tres cosas para elegir: o eras mariguano, gay o comunista. Y como a mí no me atraía ninguna de las dos primeras opciones, pues me volví comunista”.

Fue broma, pero lo cierto es que entonces nació en muchos de nosotros el interés por la izquierda. Era maravilloso perseguir la utopía de luchar por una sociedad más justa. Y así empezamos a asistir a reuniones “del partido” en la casa de la bella Rosaura Revueltas, hermana de José, el escritor. La verdad, los interminables rollos de los camaradas resultaban soporíferos, pero sí participé en manifestaciones antiimperialistas a raíz de la caída del presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, en 1954, tras el golpe de estado perpetrado por la CIA en connivencia con la United Fruit.

Mucho después ocurrió la Primavera de Praga, donde el socialismo real mostró su verdadero rostro. Fue el detonante de la decepción total. En esos días charlaba frecuentemente con el maestro Casiano Campos, icónico comunista saltillense, a quien propuse en tono de chacota abandonar el socialismo y volvernos anarquistas. De inmediato reviró: “No, Javier, el anarquismo no resuelve los problemas sociales”. “Ya lo sé, maestro –respondí–, pero mi propuesta no es para salvar al proletariado, sino como una vía casi religiosa de salvación ideológica personal”. Rio a carcajadas.

Ya en serio, la izquierda–con los matices que usted quiera ponerle– me sigue pareciendo una posición éticamente impecable. Pensar en el bien común, en la justicia distributiva de la riqueza, en el mejoramiento de los que menos tienen, es plausible desde cualquier punto de vista. ¿Pero, a dónde voy con todo esto? Simplemente a una conclusión: mi pasado y mi respeto y admiración por la izquierda me impiden confiar en Andrés Manuel López Obrador, quien ha desvirtuado los principios de la izquierda al organizar, no una coalición, sino un monstruoso mazacote de partidos e individuos indeseables.
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