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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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29 Julio 2018 04:00:00
No es por amargar
La reciente celebración del cumpleaños de Saltillo hizo vibrar las fibras más sensibles del corazón de quienes la habitan, lo cual se tradujo en cataratas de alabanzas a la ciudad que los vio nacer o que los adoptó como hijos. Los adjetivos encomiásticos fluyeron en torrente. La bien amada Saltillo mereció cuanto elogio cabe en la imaginación. Y está bien. Es natural que así sea. Nadie hará notar públicamente el acné de la cumpleañera o la decrepitud del anciano que celebra su onomástico. Es de mal gusto, de pésima educación, arruinar la fiesta. ¿Por qué amargar las ilusiones de la quinceañera tan orgullosa de su vestido ampón?

Pero, como se decía antes, “amor y aborrecimiento no quitan conocimiento”, la objetividad debe imperar sin menoscabo del cariño que se tiene a la hoy capital de Coahuila. La pérdida de la objetividad puede conducir a errores de óptica que impiden a corregir aquello que es corregible y a mejorar lo perfectible. Este cuatricentenario núcleo urbano posee un rostro amable, sí, pero también otro al que no debemos olvidar: barrios marginales, pandillas violentas, ninis, aumento en el consumo de enervantes y opiáceos y cuantos más etcéteras se le ocurran.

Es cierto, Saltillo es una ciudad pujante. Su crecimiento en los últimos 30 años sorprende a propios y extraños. Hace tiempo dejó de ser aquel plácido “rancho grande” habitado solamente, según la conseja popular, por hacendosas mujeres expertas en la elaboración de cajeta, y jóvenes y viejos más o menos inspirados con fama de poetas.

La industrialización no sólo ha dado un nuevo rostro a Saltillo, también ha introducido cambios en las costumbres, al atraer a torrentes de neosaltillenses cada uno con su personal fardo cultural. ¡Ya hay hasta restoranes de comida coreana!

Esta diversidad ha resultado, a no dudarlo, enriquecedora. Sin embargo, asidos a la nostalgia, muchos de nosotros seguimos convencidos de que la torre de catedral, el edificio del Ateneo Fuente y las palomas de ternera del Viena continúan siendo referentes únicos, inmutables e inamovibles de lo que López Velarde llamaba “el ánima y el estilo” de las poblaciones.

Como siempre se ha dicho, el pasado es un lugar muy agradable para ir de visita, pero no para quedarse a vivir en él. Nuestra obligación es enfrentar al Saltillo de hoy con sus ventajas, sus problemas, sus carencias y sus calles urgidas de una reparación a fondo. ¿Ha transitado usted últimamente por el escabroso tramo de la calle de General Cepeda que va de Juárez a Escobedo? Un día de estos va a brotar petróleo de algunos de sus profundos baches. ¿Conoce las colonias que se encuentran al poniente del Cerro del Pueblo?

Amemos a la ciudad, sí, pero no nos quedemos con la visión idílica de ella. Querámosla lo suficiente para empeñarnos en hacerla mejor de lo que ahora es. Hay mucho de qué enorgullecernos, pero también hay mucho que requiere atención. Instalarnos en nuestra burbuja de cristal, cerrando los ojos ante lo que puede resultar desagradable, es una decisión muy cómoda, pero totalmente inútil.

Letras sueltas

La celebración del aniversario 441 obliga a hacer patentes dos felicitaciones. Una para esa gran señora que es doña Graciela Garza Arocha, quien con su restaurante La Canasta puso a Saltillo en el mapa gastronómico de México. Más que merecida la Presea recibió. La otra felicitación es para Iván Márquez y su equipo del Instituto Municipal de Cultura. Ellos hicieron del aniversario una verdadera fiesta tanto popular como de cultura.
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