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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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08 Abril 2017 04:00:00
No hay mérito que valga (segunda de dos partes)
Una mirada o un gesto bastan para que alguien nos haga sentir completamente inadecuados, es decir, avergonzados, por cualquier motivo que nos haga diferentes, nos deje fuera de un prototipo o incluso lejos del ideal colectivo de vanguardia, pautado hoy en día por la mercadotecnia y la publicidad.

No falta lla vecina, el amigo, el compañero de trabajo o aun el jefe que, con gran puntería, hagan alusión malévolamente, aunque muy casual, a un aspecto de nuestra vida que de pronto, por la forma en que se hace tal señalamiento, se convierte en motivo de vergüenza.

Y así es como nos manipulamos y nos lastramos unos a otros cuando no hemos podido subsanar nuestras carencias emocionales. Nos estamos diciendo: ‘no puedes estar mejor que yo’, lo cual sólo es útil para aquellos que quieren vendernos algo o quienes están interesados en que no nos inmiscuyamos en determinados asuntos.

En la cárcel de la mediocridad, la vergüenza es el sistema que nos uniforma, nos despersonaliza, nos custodia y nos alienta a formar bandos para enfrentarnos unos a otros. Sólo que este presidio lo construimos nosotros mismos, lo administran algunos de los nuestros, los más astutos, y lo sufrimos todos.

La vergüenza, esa emoción que cuando es sana nos impide hacer algo que dañe a la colectividad, –sostén y el sustento de la existencia–, se ha perdido o distorsionado hasta convertirse en un veneno que aletarga a la mayoría. Se vuelve, pues, tóxica. Todos los sistemas penales del mundo han sido instaurados para contener a quienes la pierden. Los que la usan para vivir aletargados se bastan a sí mismos.

La vergüenza se nos inocula en la primera infancia, incluso en la cuna, porque la mayoría de los seres humanos no tenemos una forma razonable y amorosa de decirle a nuestros hijos que lo que hacen no es conveniente para ellos. Están mal y punto.

El común denominador en las familias es que los padres valoren a sus hijos por méritos. Cada vez que se alejan del prototipo de persona que ellos consideran deben ser, retiran, si no el afecto, sí la aceptación y la aprobación, en el mejor de los escenarios. Ni qué decir de los casos extremos, no pocos desgraciadamente, en que existe constante abuso físico, verbal y hasta sexual.

Esto se debe a que los padres también viven avergonzados. La vergüenza es contagiosa y generacional. Los niños llevan esta vergüenza a la escuela, donde encuentran maestros que la refuerzan, porque a su vez la sienten, de manera que parecerse a aquello que se rechaza es motivo de bullying.

Llegar a la adolescencia sintiendo que hay algo intrínsecamente mal en uno –y casi todos llegamos así– es lo peor que puede pasar, porque es la época en que más activamente se busca la identidad propia, y para ello se recurre a la integración en un grupo, que utilizará descarnadamente cualquier método para hacer sentir vergüenza a quien no se adapte por completo. Es en esta etapa donde aprendemos a escondernos incluso de nosotros mismos.

El miedo a ser lo que somos, que comenzamos a desarrollar de niños, nos domina desde la adolescencia. Para no sentirlo, envenenamos a los demás y ellos a nosotros. Esto nos impide vincularnos profundamente, porque mata el amor. Bajo el esquema de la vergüenza, quien dice amarnos ama su idea de lo que debemos ser y nos hace sentir inadecuados cuando no somos lo que pretende... y viceversa.

Para que el mundo mejore, se requiere un saneamiento mental y emocional a fondo, individual y colectivamente, a partir de varias premisas básicas: los errores son necesarios; si queremos sentirnos adecuados, hagamos sentir así a otros; la única condición para el amor es cero maltrato; no somos lo que hacemos, pensamos o sentimos; está bien ser exactamente lo que somos.
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