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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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02 Febrero 2014 05:10:37
No le busquen…
Uno de los presupuestos básicos para encausar el desempeño de la función pública por derroteros de eficiencia, honestidad y verdadero servicio público, es la transparencia y la rendición de cuentas. Tan simple como que en tanto los abusos y excesos no tengan consecuencias, pues éstos se repetirán una y otra vez.

La perorata viene a colación por el extraordinario caso de General Cepeda, donde el Alcalde no está dispuesto a cargar con los pecadillos de su antecesor y por eso no tiene mayor problema en denunciar una serie de irregularidades que hoy colocan al municipio que gobierna en una situación precaria. Pero es extraordinario, por desgracia no es la norma.

El asunto no es menor. El alcalde Rodolfo Zamora dice que su antecesor, José Guadalupe Sánchez, no le dejó ni morralla para trabajar y que el boquete financiero compromete el arranque de gestiones y el inicio de programas.

El triste panorama en General Cepeda (que seguramente es el mismo en muchos otros municipios, pero eso difícilmente lo sabremos), demuestra, entre otras cosas, que los candados y controles son letra muerta y que la transparencia y rendición de cuentas en boca de los políticos es lo mismo que la paz mundial en boca de las aspirantes a Miss Universo.

Entre los alcaldes priistas se asume como instrucción el “comentario” que surgió en la última reunión del Consejo Político del PRI de que no hay que hurgar en el pasado, sino concentrar los esfuerzos en el presente, lo cual no tendría mayor problema salvo por el detallito de que es precisamente así -cancelando las opciones jurídicas para que el yerro y la omisión, el exceso y el desvío tengan consecuencias-, como se pervierte la visión de servicio público y que la resulta sea que los ciudadanos tengamos la clase de gobernantes que padecemos.

Y es entonces que logramos dimensionar con justicia lo profundamente enraizado que se encuentra en la cultura política de nuestro país, eso de la simulación. No importa lo que se diga, no importa qué tanto se pondere la necesidad de la transparencia y la rendición de cuentas y todo el rollo de la democracia y la modernidad, siempre y cuando el discurso no aterrice en los hechos. Se puede ser tan moderno y comprometido como se desee en el discurso, pero en la mentada realpolitiks a la mexicana hay que acatar reglas claras, y una de ellas es, sin duda, no golpear a la marca (PRI, PAN o PRD, que a todos les duele lo mismo) con eso de exhibir corruptelas del antecesor.

La regla les funciona ya que les otorga una verdadera patente de corso. Los que hoy tienen bajo su responsabilidad la hacienda pública, podrán hacer y deshacer a su antojo, con la promesa tácita de que el que les releve no moverá un dedo para que sus fechorías tengan consecuencias y así el perfecto círculo de la simulación y las complicidades en el que los únicos que pierden son los ciudadanos.

Nada más para justipreciar qué tan lejos estamos del deber ser, sale el concepto básico al que en teoría todos los funcionarios públicos están obligados: “La rendición de cuentas y la transparencia son dos componentes esenciales en los que se fundamenta un gobierno democrático. Por medio de la rendición de cuentas, el Gobierno explica a la sociedad sus acciones y acepta consecuentemente la responsabilidad de las mismas. La transparencia abre la información al escrutinio público para que aquellos interesados puedan revisarla, analizarla y, en su caso, utilizarla como mecanismo para sancionar. El Gobierno democrático debe rendir cuentas para reportar o explicar sus acciones y debe transparentarse para mostrar su funcionamiento y someterse a la evaluación de los ciudadanos”.

Eso es en el discurso, en los hechos la cosa es más simple: no le busquen.
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