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Fernando de las Fuentes
Fernando de las Fuentes
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20 Mayo 2017 04:00:00
No se confunda
La verdadera satisfacción es la del alma, la única, por cierto, que los seres humanos hemos relegado a lo largo de nuestra existencia como especie. Tan poderoso ha sido nuestro impulso a ir en el sentido opuesto, el de la vacuidad del ser, que hemos llegado a negarla o cuando menos ignorarla.

La insatisfacción personal y colectiva que hoy prevalece es resultado de nuestra indiferencia hacia el alma. Sin escucharla no hay más que confusión: construimos identidades artificiales a partir de la opinión ajena, en lugar de buscarnos dentro; rechazamos los malestares, en vez de aceptarlos como impulsos evolutivos; buscamos no el bienestar, sino su imposible permanencia; exigimos a los otros que subsanen nuestras carencias, cuando debiéramos proveernos nosotros mismos; no sabemos cómo nos sentimos y ni siquiera comprendemos los conceptos que utilizamos para describirlo, descubrirlo y cambiarlo; buscamos al Dios que llevamos dentro a través de la tecnología y no del autoconocimiento.

El resultado es la desconexión con nuestro verdadero ser y, por tanto, una pequeña y primitiva vida atenazada por el miedo, porque si no sabemos que hay dentro, donde lo mutable sólo perfecciona lo inmutable, no sabremos qué hacer con la constante mutabilidad y predominante volatilidad de lo que hay afuera.

Si su afuera no le gusta, es que está mal su adentro, porque el primero no es más que reflejo del segundo. Si no hay orden y control en su adentro, no los hay en su afuera. El caos interior ocasiona evidentemente confusión, que nos lleva a pasar una cosa por otra: enamoramiento por amor, control por interés, veneno verbal por sinceridad, culpa por responsabilidad, sufrimiento por dolor, inconformidad por insatisfacción, etc.

No sabemos bien a bien qué es sentirse ansioso, o inquieto, o angustiado. Extraviados interiormente, perdemos los límites exteriormente, de ahí la necesidad de exigirle a la vida que ponga las cosas en orden, a la moral social que nos contenga y al Estado que nos procure. Pero, como bien señalara Leonardo Da Vinci: “No se puede poseer mayor Gobierno, ni menor, que el de uno mismo”.

La confusión interior nos ha llevado a construir un mundo maniqueo, basado en la polaridad del bien y el mal; vamos en pos del primero y rechazamos el segundo, un dilema imposible de resolver, pues son interdependientes y relativos: no hay ni bien ni mal absolutos en el mundo. Un gran mal puede traer un gran bien y viceversa.

Cualquier mal o bien que nos sobrevenga son exactamente los que tenemos que aprender a manejar para transformarnos. Son, pues, necesarios. Rechazar uno es hacerlo con el otro. Como energía que son, se transforman, pero no desaparecen.

Navegar por la mutabilidad externa e interna requiere una nave: el alma; una brújula: el poder superior; buenos vientos: la sincronicidad del universo y, por supuesto, un ancla: el conocimiento de nosotros mismos.

Sin esto estamos extraviados y, claro, confundidos, por tanto insatisfechos. Transformar esta forma de existir no es fácil, o ya lo habríamos hecho todos. Es un proceso, no un suceso, hecho desafortunado en el mundo de la inmediatez que hemos creado.

Afirma Jon Kabat Zinn, maestro zen: “Se necesita una determinada forma de excavar, un cierto tipo de arqueología interna, para llegar a descubrir nuestra totalidad, aunque esté muy bien cubierta bajo capas de opiniones, de cosas que nos gustan y nos disgustan y por la densa niebla de los pensamientos y hábitos inconscientes y automáticos, por no mencionar el dolor”.

Necesitamos saber qué sentimos, para conectarnos con nuestra alma, y luego aprender a sentir, para darle lo que necesita. No hay otro camino a la satisfacción permanente. Para ello debemos cuestionar todo lo que creemos saber y vencer el miedo paralizante, cambiando nuestros patrones de pensamiento.

Debemos, pues, ser lo que realmente somos, que es lo único que dejará satisfecha a nuestra alma.
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