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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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01 Octubre 2017 04:04:00
No se olvida
‘El poeta produce la belleza al fijar su atención en algo verdadero’. Simone Weil Escritora francesa

Mañana se cumplen 49 años de la trágica matanza de la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. No voy a redundar sobre la acaecido esa tarde del 2 de octubre de 1968; baste con decir que alrededor de las 5 de la tarde de ese miércoles, mientras se celebraba un mitin universitario en el lugar de cita, unas bengalas lanzadas desde los helicópteros que sobrevolaban el evento cruzaron el cielo como señal para los francotiradores apostados en los edificios cercanos, dando inicio a uno de los capítulos más tristemente representativos del México Contemporáneo y su régimen priista, encabezado por el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, y que, para variar, del que nadie pagó legalmente hasta hoy.

Todo tipo de acontecimientos, incluso los negativos, generan una reacción desde el punto de vista de lo cultural, dando vida a ciertas manifestaciones en ámbitos que abarcan cada una de las bellas artes. Muestra de lo anterior son los textos generados como consecuencia del terremoto, particularmente el de Juan Villoro; que merece un análisis aparte. Por eso hoy, mis sibaríticos lectores, he querido traerles algunos poemas relacionados con aquel aciago día del convulso año en que nací. 2 de octubre, ¡no se olvida!

México: Olimpiada de 1968

La limpidez

(Quizá valga la pena

Escribirlo sobre la limpieza

de esta hoja)

No es límpida:

Es una rabia

(Amarilla y negra

Acumulación de bilis en español)

Extendida sobre la página.

¿Por qué?

La vergüenza es ira

Vuelta contra uno mismo:

Si

Una nación entera se avergüenza

Es león que se agazapa

Para saltar.

(Los empleados

Municipales lavan la sangre

En la Plaza de los Sacrificios.)

Mira ahora,

Manchada

Antes de haber dicho algo

Que valga la pena,

La limpidez.

Octavio Paz



Tlatelolco 68

Nadie sabe el número exacto

de los muertos,

ni siquiera los asesinos,

ni siquiera el criminal.

(Ciertamente, ya llegó la historia

este hombre pequeño por todas partes,

incapaz de todo menos del rencor.)

Tlatelolco será mencionado

en los años que vienen

como hoy hablamos de Río Blanco

y Cananea,

pero esto fue peor;

aquí han matado al pueblo:

no eran obreros parapetados en la huelga,

eran mujeres y niños, estudiantes,

jovencitos de quince años,

una muchacha que iba al cine,

una criatura en el vientre de su madre,

todos barridos, certeramente acribillados

por la metralla del Orden

y la Justicia Social.

A los tres días, el ejército era

la víctima de los desalmados,

y el pueblo se aprestaba jubiloso

a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

Jaime Sabines



Memorial de Tlatelolco

La oscuridad engendra la violencia

y la violencia pide oscuridad

para cuajar el crimen.

Por eso el dos de octubre aguardó

hasta la noche

para que nadie viera la mano

que empuñaba

el arma, sino sólo su efecto de relámpago.

¿Y a esa luz, breve y lívida, quién?

¿Quién es el que mata?

¿Quiénes los que agonizan, l

os que mueren?

¿Los que huyen sin zapatos?

¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?

¿Los que se pudren en el hospital?

¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?

¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.

La plaza amaneció barrida;

los periódicos

dieron como noticia principal

el estado del tiempo.

y en la televisión, en el radio, en el cine

no hubo ningún cambio de programa,

ningún anuncio intercalado ni un

minuto de silencio en el banquete.

(Pues prosiguió el banquete.)

No busques lo que no hay:

huellas, cadáveres

que todo se le ha dado como

ofrenda a una diosa,

a la Devoradora de Excrementos.

No hurgues en los archivos

pues nada consta en actas.

Más he aquí que toco una llaga:

es mi memoria.

Duelo, luego es verdad. Sangre con sangre

y si la llamo mía traiciono a todos.

Recuerdo, recordamos.

Esta es nuestra manera de ayudar

a que amanezca

sobre tantas conciencias mancilladas,

sobre un texto iracundo

sobre una reja abierta,

sobre el rostro amparado tras la máscara.

Recuerdo, recordemos

hasta que la justicia se siente

entre nosotros.

Rosario Castellanos





LECTURA DE LOS “CANTARES MEXICANOS”

El llanto se extiende

gotean las lágrimas

allí en Tlatelolco.

(Porque ese día hicieron

una de las mayores crueldades

que sobre los desventurados mexicanos

se han hecho en esta tierra).

Cuando todos se hubieron reunido,

los hombres en armas de guerra,

los hombres que hacen estruendo,

ataviados de hierro

fueron a cerrar las salidas,

las entradas, los pasos.

(Sus perros van por delante,

los van procediendo.)

Entonces se oyó el estruendo,

entonces se alzaron los gritos.

Muchos maridos buscaban a sus mujeres.

Unos llevaban en brazos a sus hijos pequeños.

Con perfidia fueron muertos,

sin saberlo murieron.

y el olor de la sangre mojaba el aire

y el olor de la sangre mojaba el aire.

y los padres y madres alzaban el llanto.

Fueron llorados,

se hizo la lamentación de los muertos.

Los mexicanos estaban muy temerosos:

miedo y vergüenza los dominaban.

y todo eso pasó con nosotros.

Con esta lamentosa y triste suerte

nos vimos angustiados.

En la montaña de los alaridos,

en los jardines de la greda

se ofrecen sacrificios

ante la montaña de las águilas

donde se tiende la niebla de los escudos.

Ah yo nací en la guerra florida,

yo soy mexicano.

Sufro, mi corazón se llena de pena.

Veo la desolación que se cierne sobre. el templo

cuando todos los escudos se abrasan en llamas.

En los caminos yacen dardos rotos.

Las casas están destechadas.

Enrojecidos tienen sus muros,

Gusanos pululan por calles y plazas.

Golpeamos los muros de adobe

y es nuestra herencia

una red de agujeros.

Esto es lo que ha hecho el Dador de la Vida

allí en Tlatelolco.

José Emilio Pacheco
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