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15 Marzo 2015 03:30:43
No soy de aquí ni soy de allá: los falsos adjetivos (Parte 1 de 2)
Por María Luisa Durán

Existen muchos productos y alimentos que llevan en su nombre un punto del planeta en el que no fueron ni inventados, ni cultivados, ni confeccionados; lugares en donde –a veces– ni siquiera los conocen. Los cacahuates japoneses, por ejemplo, no son de Japón, sino del mercado de La Merced; y los tacos árabes fueron creados, sí, por un libanés... pero en Puebla.
Igual que estos dos casos, hay otros más que ejemplifican a los falsos adjetivos; la mayoría de ellos son gentilicios otorgados por usos y costumbres, aunque pertenezcan a una región distinta de aquella que los nombra.

Carne a la tampiqueña
Que no es de Tampico: el potosino José Inés Loredo fue el inventor de este platillo en la Ciudad de México. Loredo vivió muchos años en Tampico, Tamaulipas, donde fue mesero y presidente municipal –al mismo tiempo, ya que ganaba más dinero con las propinas que con el cargo público–. A finales de los años 30 emigró a la capital en compañía de su hermano y tres socios, con quienes fundó el restaurante Tampico Club, que cobró fama por su almuerzo huasteco, pero principalmente por su carne a la tampiqueña, consistente en un delgado y alargado trozo de filete de res con guarnición de guacamole, frijoles refritos, rajas de chile poblano y enchiladas potosinas, para hacer honor al estado que lo vio nacer.

Corno inglés
Este instrumento musical de la familia de los oboes –o sea que no es un corno– obtiene su nombre de una confusión lingüística. Su país de origen no es Inglaterra, sino Francia, donde inicialmente se le llamó cor anglé, “corno anguloso”, por su forma ligeramente curvada en su extremo inferior. La palabra anglé se entendió como anglais, “inglés”, y este nombre se le quedó para la posteridad. Por cierto, algo similar sucede con el corno francés, que ni es un corno ni es francés: se trata de otro instrumento de viento-metal llamado trompa, probablemente de origen belga.

Enchiladas suizas
Se llaman así porque los colores de sus ingredientes originales eran similares a los de la bandera suiza, pero en realidad son resultado de la creatividad mexicana. Su cuna fue un restaurante llamado Café Imperio, situado en la calle Tacuba del Centro Histórico de la Ciudad de México. Este lugar ya desapareció, pero el Sanborns de la Casa de los Azulejos guardó la receta y aún sigue sirviendo estas tortillas dobladas y rellenas de pollo deshebrado, bañadas en una salsa que no pica –pensando en los extranjeros–, cubiertas de crema y queso gratinado.

Filipina
Auguste Escoffier (1846-1935) fue al mismo tiempo “chef de reyes” y “rey de los chefs”. A él se debe la actual organización –aséptica y casi militar– de las cocinas de grandes restaurantes, hoteles y trasatlánticos. Una de sus muchas aportaciones es el actual uniforme de chef, formado por pantalones, gorro y una chaqueta que llamamos filipina, aunque no provenga de Filipinas. Se dice que Escoffier se inspiró en las camisas de los nativos de este país para crear esta prenda de doble solapa y mangas largas, que sirve para protegerse de posibles quemaduras y esconder en lo posible salpicaduras y manchas de alimentos. Total, que la filipina no es de origen filipino, sino francés.

Guayabera
Es una prenda de vestir masculina –considerada de etiqueta en países tropicales– que cubre la parte superior del cuerpo, ya sea con mangas cortas o largas. Adornada con pliegues verticales y bordados, se fabrica en tejidos de algodón, lino, seda o telas sintéticas. Su país de origen es Cuba, donde se le llamó en un principio “yayabera” –por provenir de la zona del río Yayabo–, pero el nombre fue cambiando porque sus usuarios guardaban guayabas en las bolsas; ésta parece ser la única relación que tiene la prenda con la fruta. La guayabera llegó a México por Mérida, Yucatán, donde fue popularizada por el comerciante de origen español Pedro Mercader.
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