×
Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
ver +
Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

" Comentar Imprimir
10 Noviembre 2017 04:00:00
No tenemos escapatoria
Todo está conectado con la Camorra. A sus puertos llegan barcos con mercancías de China, tecnologías del Japón, tabacos y perfumes, cualquier prenda hecha con mano de obra barata o infantil. En pocas horas los barcos vuelven a zarpar para surtir grandes almacenes del mundo, a los vendedores ambulantes y a aquellos que en las esquinas de las calles de cualquier ciudad de México ofrecen el mismo artículo.

Nápoles esta tomada por la Camorra. Es una ciudad lastimada, un traste en el abandono, apesta con el tufo que deja la apatía. En esa ciudad situé algunos capítulos de Cállate Niña. La historia de amor de una bailarina clásica y un fotógrafo de guerra, Antonio, quien luego de huir de la Selva Lacandona cuando el alzamiento zapatista de 1994, busca refugio en Nápoles y es inevitable que se enrede con la mafia, que siga huyendo, como quien no quiere enfrentar su destino.

El mes pasado salió una nueva edición de Cállate Niña en Editorial Planeta. Antes de irse a imprenta, mientras la revisaba y escribía un epílogo donde narro el génesis de la novela, recordé mi viaje a Nápoles en julio de 2008.

Caminar sus callejones del centro, poblados de inmigrantes rumanos o gitanos, tan estrechos y largos que, una vez que los comienzas a andar, el retorno es tan largo como la salida.

Yo me sabía observado por los que viven en la clandestinidad, familias de doce o veinte personas hacinados en cuartos reducidos, con el olor a cañería y ragú en las narices, aturdidos por la música y el futbol de la televisión.

Hombres y mujeres que trabajan de costureros, copiando discos, embolsando dosis, con la puerta abierta y la abuela sentada en la entrada mirando para todos lados. Siempre con ropa tendida en la ventana, ciertas prendas y colores son claves de peligro, de ausencia, o de trabajo terminado.

Tenía que enfrentar el destino de mi personaje. Mis citas fueron con el propietario de un cine porno y con la dueña de un restaurante que, después del exprés, me mandó con un mendigo que lloraba sus miserias afuera de los tribunales.

Entre un sitio y otro, sentí la mirada retadora de los adolescentes al moverme con la prisa en una ciudad que me recordaba tanto a México, donde los cárteles también son familias con nombre y apellido que trafican con personas, secuestran y se asocian con gobernantes.

Organizan a los vendedores de los semáforos para desplazar las mercancías que llegan al Puerto de Veracruz. Lo peor es que nos hemos acostumbrado a vivir entre la delincuencia, a retar al miedo, a ver al Gobierno como lo que es: el crimen organizado. Desde aquí hasta China, todo está conectado por la Camorra o sus filiales. No tenemos escapatoria, los malos vigilan desde el poder.

La Camorra, como los Zetas o los herederos de Joaquín “El Chapo” Guzmán, no sólo es narcotráfico, también controla la usura, vende protección y extorsiona, desaparecen a sus enemigos en tanques de ácido o aplican la venganza transversal: matan a las personas que tienen lazos de unión con el que quieren castigar, padres, esposa, hermanos, amigos. Antonio, en Cállate Niña, lo sabe y aún así se arriesga, vive para contarlo.
Imprimir
COMENTARIOS



5 6 7 8 9 0 1 2