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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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01 Noviembre 2016 03:00:00
No vale la vida
En México la vida no vale nada. Y no es una simple frase de José Alfredo. Se mata a personas por las razones más superficiales. Una simple sospecha es suficiente. En muchos lugares de nuestro país 5 mil o 10 mil pesos son suficientes para comprar la extinción de un ser humano.

México sufrió en 2015, según el INEGI, 20 mil 525 homicidios dolosos, una tasa de 17 por cada 100 mil habitantes. Somos una de las naciones más violentas del mundo. Es verdad que nuestra tasa de homicidios es inferior a las de países como Honduras (84.6), El Salvador (64.2) o Sudáfrica (33), pero otros países registran cifras muy inferiores. Estados Unidos tiene 3.9 homicidios por cada 100 mil habitantes, Chile 3.6, Canadá 1.7, España 0.7, Japón 0.3.

Muchos factores inciden sobre el número de homicidios de un país o de una comunidad. La debilidad de las instituciones de Gobierno es una de ellas. Cuando no hay estructuras gubernamentales eficientes de seguridad y justicia, la impunidad se convierte en un incentivo de la violencia. Otro factor es la guerra contra las drogas.

México sufrió un enorme incremento en el número de homicidios dolosos desde 2007, cuando hubo 8 mil 867, hasta los 27 mil 213 del 2011. No parece haber otra razón para esta explosión de violencia que el mayor esfuerzo que hicieron las autoridades en la guerra contra las drogas. Es verdad que ha habido una disminución en el número de muertes en los últimos años, pero en el 2015 el INEGI todavía registraba una cifra de 20 mil 525 homicidios dolosos. Este 2016 al parecer cerrará con aumento.

La guerra contra las drogas ha dejado un saldo de decenas de miles de muertos, pero también de desaparecidos. El número de asesinados en la lucha contra las drogas es mayor que el de muchas guerras formales en otros países.

Ha sido, además, una guerra sin posibilidad de victoria. Cuando más crecen los triunfos, más se multiplican los enemigos y se vuelven más violentos. No hay ninguna indicación de que la guerra haya servido para bajar el consumo o el tráfico de drogas, ni en México ni en Estados Unidos. Hasta ahora sólo ha servido para provocar violencia.

Los muertos mexicanos carecen a menudo de rostro. Muchas veces se les considera víctimas de ajustes de cuentas o de pleitos entre narcos y se convierten en estadísticas. Algunos pueden ser criminales, supongo, como al parecer fue el caso de los cuatro cadáveres encontrados ayer en la madrugada junto al kilómetro 38 de la carretera México-Toluca, pero con frecuencia cuando llegamos a conocer una historia individual nos damos cuenta de que se trata de víctimas inocentes de una guerra cruel.

La principal responsabilidad del Gobierno, de cualquier gobierno, es la de proteger a los gobernados de agresiones de terceros. Ésta es una responsabilidad que poco parece interesarle al Gobierno mexicano, que dedica enormes cantidades de recursos a crear burocracias y muy poco a prevenir el crimen o a hacer justicia una vez que las agresiones tienen lugar.

Estos días en que celebramos a los muertos, recordamos sólo a unos cuantos, los demás se pierden en un ejército sin rostro. Los muertos innumerables son el testimonio de un país que ha perdido el rumbo.
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