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Dan T
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17 Julio 2018 04:06:00
No voy a hablar de AMLO
Resulta que había un par de hermanos que eran terriblemente traviesos. Eran más desmadrosos que una pandilla de hooligans tras la eliminación de Inglaterra en el Mundial. Y eso que sólo tenían 8 y 10 años.

En el pueblo en el que vivían todos los conocían, porque lío que había, lío en el que ellos estaban metidos. Que si le habían cambiado el perro guía a una viejita ciega por una gallina. Que si las azucareras las habían llenado con sal en la cafetería, que si le habían metido plátanos en el escape a la única patrulla de la localidad. Ya lo dije: eran terribles esos escuincles.

Un día, desesperada por no poder ponerlos en orden, la mamá fue a ver al sacerdote del pueblo, pues le dijeron que tenía fama de ser muy hábil para redimir ovejas descarriadas. Tras escuchar su historia, el cura le dijo:

–¡Tráemelos, hija, yo me encargo de educarlos!

–¡Gracias, padre!

–Pero recuerda que es importante que no los traigas juntos. Les voy a enseñar el temor a Dios por separado a cada uno.

–De acuerdo, padre. Así lo haré.

–Mañana me traes por favor primero al más chico.

Al día siguiente, puntualísima, la señora estaba ahí con el niño de 8 años. La madre se fue y el niño quedó sentado frente al cura, que tenía una vozarrón de sargento mal pagado, por lo que el gritar y órdenes se le daba con mucha facilidad. El chico no decía nada y el sacerdote tampoco. Después de un rato de incómodo silencio, el padre dio un golpe en la mesa y preguntó casi con un grito:

–¿DONDE ESTÁ DIOS?

–Este... –el niño estaba tan asustado y desconcertado que no supo ni qué responderle al padre.

–¿DÓNDE ESTÁ DIOOOS? Quiero que me digas, ahora mismo, dónde está Dios.

–Pues... –el niño seguía sin articular palabra, pero con los ojos ya llorosos.

–Es la tercera vez que te lo pregunto, chamaco malcriado: ¿¿¿DÓNDE ESTÁ DIOS???

En ese momento el niño se levantó de la silla con un salto y salió corriendo más rápido que un diputado con el botín de tres años de legislatura. Corrió y corrió y corrió hasta llegar a su casa. Subió las escalera de dos en dos escalones y llegó, jadeante y asustado hasta donde estaba su hermano de 10 años.

–¿Qué te pasó? ¿Por qué vienes así? ¿Pues qué te dijo el padrecito?

–¡No mames! –dijo el niño llorando– ¡No lo vas a creer! Ahora sí estamos metidos en problemas, hermano. Alguien ha secuestrado a Dios... ¡¡¡y creen que fuimos nosotros!!!

A veces Donald Trump parece imbécil y el resto de las veces lo confirma. Resulta que Estados Unidos decidió cobrarle un impuesto especial al acero mexicano, y en represalia el Gobierno mexicano le aplica tarifas a varios productos gringos. Lo mismo hicieron Canadá, la Unión Europea y China. ¿Y qué hizo Estados Unidos? ¡Nos denunció ante la Organización Mundial de Comercio! Es decir: ellos empezaron, nosotros respondimos, ¡y ahora nos acusan! Por eso empecé esta columna hablando de los hermanos: Trump se está comportando como ese hermano jodón (no voy a decir nombres porque César se enoja) que de niños estaba chingue y chingue y chingue, y cuando le soltábamos un trancazo, uno chiquito, de respuesta porque ya nos había hartado, ¡se ponía a llorar! Y no sólo eso: nos acusaba usualmente con nuestra madre y ¿a quién creen que castigaban? ¡A nosotros! Así que a ver la si la OMC no sale con México le tiene que pagar una composición al niño chilletas que vive en la Casa Blanca. Por cierto que hace unos días, mi papá me escribió por Whatsapp: “Estoy muy orgulloso de ser tu padre”. Casi lloro de felicidad, pero luego me volvió a escribir: “Perdón! Me equivoqué! El mensaje era para tu hermano. Saludos”.

¡Nos vemos el jueves!
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