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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]t.mx

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23 Diciembre 2018 04:00:00
Noche de Navidad
Los historiadores han registrado la razón por la que Jesús de Nazaret nació en una gruta: para mostrar a la humanidad que los grandes acontecimientos se dan entre grandes dificultades.

En aquellos tiempos todo parto era un eventual peligro de muerte. María, muy cerca del momento de dar a luz, acompañó a José, su esposo, en un penoso recorrido de nueve días. Habíase publicado un edicto del emperador César Augusto ordenando que se hiciera un censo de todo el imperio. Todos los súbditos debían empadronarse en su propia ciudad. José era de la casa del Rey David, motivo por el que debía empadronarse en Belén.

Nazaret dista de Belén más de 150 kilómetros. Los caminos hacia Belén no estaban aún trazados: eran malos y apenas transitables para las caravanas de asnos y camellos. Los jóvenes esposos debieron contar con un asno para transportar lo indispensable. Debieron dormir en lugares públicos de reposo junto a los caminos, tendiéndose en tierra como los demás viajeros, entre camellos y burros.

Lucas dice que cuando llegaron a Belén “no había lugar para ellos en la hospedería”. Por aquel entonces las hospederías eran recintos sin techar, circundados por un alto muro, con una sola puerta. Las bestias quedaban en el centro al aire libre, y los viajeros bajo los porches o entre los animales.

No había espacio para ellos; se asomaron al lugar donde aposentaban las caravanas y, al presenciar aquella barahúnda de ruidos, hombres y bestias, supieron que ese no era el lugar adecuado para que naciera el Salvador. La delicadeza, dignidad y pudor de la joven María le impedían experimentar el momento supremo de dar a luz ante las miradas curiosas de los viajeros.

La hospedería era la última posibilidad de refugio: habían llamado a las puertas de amigos, parientes y conocidos. Las puertas estaban cerradas. Todas las circunstancias estaban contra ellos.

María vence el temor que siente toda mujer que va a ser madre y, junto a José, emprende una peregrinación monte arriba, en busca de un lugar para dar a luz. Sostenía a los jóvenes esposos un espíritu indestructible que ni las condiciones más adversas, ni la emergencia de vida o muerte que se aproximaba lograron quebrantar.

La tradición nos recuerda que los primeros en conocer a Jesús de Nazaret fueron unos humildes pastores. El Salvador era un niño envuelto en simples pañales, recostado entre las pajas. ¿Señal de ausencia total de soberbia? Los pastores se arrodillaron en torno al pesebre; la luminosidad de las pajas era tan radiante como el oro de los rayos del sol, y el pesebre parecía estar envuelto en el sortilegio de los rayos de plata de la luna. La tierra vestía de blanco con sus mejores galas de encaje y pureza de nieve.

Cuando los Reyes Magos llegaron a Belén siguiendo la estrella; intuyeron que los costosos regalos que portaban estaban fuera de lugar en ese recinto sagrado. En su sabiduría advirtieron que el Reino de Dios era una dimensión totalmente nueva: jamás sería de poder ni de materia, sino una realidad espiritual que desencadenaría para siempre la buena voluntad entre los seres humanos de todas las naciones, razas y credos.

Diversos historiadores coinciden en que el mensaje de Jesús: ‘Amad como yo os he amado’ se hubiera perdido si hubiera nacido en la magnificencia de un palacio. Coinciden en que la cueva tiene un profundo significado: la entrada es muy baja y no se pasa sin agachar la cabeza. Belén, en sí, es la universidad de la vida para toda persona que desee conocer al Salvador. A Jesús solo se le conoce al dejar de lado la soberbia.

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